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¿Energía verde a cualquier costo? La enseñanza social de la Iglesia propone una transición que no olvide a los pobres.

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral / Noticias
  • Tiempo de lectura:4 minutos de lectura

Eduardo Agosta Scarel, O. Carm. 
Director del Departamento de Ecología Integral

Artículo de divulgación basado en Agosta Scarel, Eduardo (2025). «Transición energética justa a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y desafíos clave», Salmanticensis, y  el magisterio reciente.

El mundo atraviesa una crisis climática sin precedentes. El conocimiento científico es claro: para asegurar un futuro habitable, debemos abandonar los combustibles fósiles. Sin embargo, un nuevo análisis, basado en la Doctrina Social de la Iglesia, advierte que sustituir el petróleo por paneles solares no es suficiente si repetimos los viejos errores de injusticia social.

El artículo, publicado en Salmanticensis, sostiene que una transición energética justa debe enfrentar dos «fantasmas» que amenazan el proceso: la pobreza energética y el neoextractivismo.

La trampa del «neoextractivismo verde»

Solemos pensar que la energía renovable es intrínsecamente inofensiva. Sin embargo, la tecnología necesaria para descarbonizar el mundo (baterías, coches eléctricos, turbinas) requiere una cantidad masiva de minerales. Por ejemplo, un coche eléctrico necesita seis veces más minerales que uno de combustión interna convencional.

El peligro reside en crear nuevas «zonas de sacrificio» en el Sur Global. Países ricos importan litio y cobalto para ser «verdes», mientras las comunidades locales sufren la contaminación minera y la escasez de agua. Esto se conoce como neoextractivismo: la explotación intensiva de recursos que perpetúa la desigualdad, ahora bajo la bandera ecológica.

Pobreza energética: una herida en la dignidad

La transición no puede ser solo tecnológica; debe ser humana. Aquí es donde la voz de la Iglesia se vuelve más urgente. Como bien nos recuerda el papa León XIV en su reciente exhortación apostólica Dilexi te (DT) de octubre pasado: «Porque en otros tiempos, por ejemplo, no tener acceso a la energía eléctrica no era considerado un signo de pobreza ni generaba angustia. La pobreza siempre se analiza y se entiende en el contexto de las posibilidades reales de un momento histórico concreto» (DT, 21; cf. Fratelli tutti, 21). En consecuencia, no podemos hablar de progreso si toleramos que millones de familias vivan en la oscuridad o en el frío. La pobreza energética es una de las nuevas formas de miseria que nos exige un amor concreto, capaz de compartir no solo el pan, sino también la energía necesaria para una vida digna. Esta injusticia no se trata solo de facturas impagables; implica la falta de acceso a servicios básicos que afectan la salud, la educación y el bienestar de los más vulnerables. Gran parte del problema radica en el paradigma tecnocrático dominante.

Pero ¿qué es la tecnocracia?

En palabras simples, es la creencia de que la tecnología y el mercado pueden solucionar cualquier problema por sí solos, sin que tengamos que cambiar nuestro estilo de vida o nuestras valores morales.

Este enfoque es peligroso por tres razones principales:

  1. Confianza ciega en la técnica: pensar que, si contaminamos, ya inventaremos una máquina para limpiar; o si agotamos un recurso, la tecnología encontrará un sustituto. Esto nos lleva a ignorar las causas profundas de los problemas (como la codicia o el consumo desmedido).
  2. Olvido de la ética: Bajo esta mentalidad, lo único que importa es si algo es posible, eficiente y rentable. Se deja de lado si es bueno o justo para las personas y para el planeta.
  3. Desconexión de la realidad: Nos hace ver la naturaleza no como un hogar que debemos cuidar, sino como un simple almacén de recursos infinitos listos para ser explotados al máximo .

La tecnocracia es la ilusión de que podemos resolver la crisis climática solo con «parches» tecnológicos (como coches eléctricos o mejores baterías), sin cuestionar el sistema económico que prioriza la ganancia sobre la dignidad humana y los límites físicos de la Tierra.

La propuesta: una ecología integral

Frente al dominio de la tecnocracia, la enseñanza social de la Iglesia propone criterios concretos para lograr una transición que sea verdaderamente justa:

  1. Priorizar a los vulnerables: Los costos de la transición no pueden recaer sobre los más pobres.
  2. Participación local: Las comunidades deben tener voz y voto en los proyectos energéticos; basta de imposiciones.
  3. Sobriedad: Es necesario «aminorar la marcha» en el consumo. Los países ricos deben aceptar cierto decrecimiento para permitir el desarrollo de los demás países.
  4. Deuda ecológica: El Norte Global debe asumir su responsabilidad histórica y apoyar al Sur.

En definitiva, la crisis climática y la social son dos caras de la misma moneda. Una transición energética que deje a la gente atrás, como denuncia León XIV, no es una solución, sino un cambio de problemas. El desafío es construir un mundo en el que la energía esté verdaderamente al servicio del bien común.