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El clamor de los pobres y el de la Tierra nos exigen más: ¿Qué significa el nuevo informe de Exxon para nuestra Casa común?

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral
  • Tiempo de lectura:4 minutos de lectura

Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española

En los últimos días, el mundo económico y científico ha puesto su mirada sobre las nuevas previsiones de la empresa energética ExxonMobil para el año 2050. Aunque pueda parecer un tema reservado para expertos o mercados financieros, las conclusiones de este documento nos tocan directamente al corazón de nuestra fe: el cuidado de la Casa Común que Dios nos ha confiado.

Como nos recuerdó constantemente el papa Francisco en su encíclicas Laudato Si’ y más recientemente en la exhortación apostólica Laudate Deum, todo está conectado. Lo que ocurre con la naturaleza tiene un impacto directo en la vida de las personas, especialmente en las más vulnerables.Veamos qué nos dice este nuevo panorama y cómo estamos llamados a responder como católicos.

Una señal de alarma para el clima global

Los datos que arroja el pronóstico para 2050 son, siendo realistas, una llamada de atención urgente. Se alejan preocupantemente de las metas que la comunidad internacional se fijó en el Acuerdo de París (2015) para proteger nuestro planeta:

Se esperaba que para 2050 el mundo redujera drásticamente sus emisiones de dióxido de carbono (CO2). Sin embargo, el informe estima que solo caerán un 20%. Esto significa que seguiremos lanzando unas 30.000 millones de toneladas de gases contaminantes al año, casi el triple de lo que los científicos consideran “seguro”.

Asimismo, el carbón y el petróleo seguirán muy presentes. Lejos de abandonar el crudo, se calcula que consumiremos 105 millones de barriles diarios para mitad de siglo, por encima de los actuales 100 millones de barriles.

El uso de internet, la inteligencia artificial, el crecimiento industrial y los coches eléctricos harán que necesitemos un 65% más de electricidad global que en el presente. Si esta energía no proviene de fuentes limpias (como el sol o el viento), el problema no hará más que empeorar.

¿Y cuál es el resultado de todo esto? Si seguimos este camino guiado puramente por las dinámicas del mercado, la temperatura global podría aumentar entre 2,5 y 3 grados centígrados con respecto al período preinsutrial. Esto destruye por completo el sueño del Acuerdo de París de limitar el calentamiento a 1,5 grados, valor que en el clima actual ya estamos experimentando progresivamente.

¿Por qué esto es un problema de fe y moral?

Desde la Ecología Integral, sabemos que un aumento de casi 3 grados en la temperatura de la Tierra no es solo un dato meteorológico, es una crisis profundamente humana:

Quienes menos han contaminado serán quienes más sufran, los pobres. Hablamos de sequías que arruinarán las cosechas de familias campesinas, inundaciones que destruirán hogares y millones de personas forzadas a migrar (refugiados climáticos) por falta de agua o alimentos.

El cambio climático extremo conlleva la extinción de miles de especies y la destrucción de ecosistemas maravillosos que son un reflejo de la belleza y el amor del Creador, provocando una herida en la creación de Dios.

Como nos cuestiona Laudato Si’: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?”. No podemos heredarles un planeta inhabitable y peligroso.

Del lamento a la esperanza: Nuestro llamado a la acción

La fe cristiana es, ante todo, un motor de esperanza y transformación. El hecho de que el mercado apunte hacia este futuro no significa que sea nuestro destino inevitable. Aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo, pero requiere una verdadera conversión ecológica en todos los niveles:

En nuestros hogares y parroquias debemos ahondar en una seria reflexión  sobre nuestro consumo. Evitemos el derroche de energía, reduzcamos el uso de plásticos, reciclemos y optemos por estilos de vida más sencillos y agradecidos. Cada pequeño gesto es un acto de amor hacia la Creación.

Ante los que nos gobiernan, como ciudadanos y creyentes, debemos exigir a nuestros líderes políticos y económicos que pongan la vida y el bien común por encima del beneficio a corto plazo, acelerando la transición hacia energías limpias de manera justa.

Y no cejemos en la oración, pidamos al Espíritu Santo que ilumine a los tomadores de decisiones mundiales, especialmente en la próxima Cumbre Climática (COP 31) en Antalya, Turquía, y que nos dé la fuerza a nosotros para ser verdaderos custodios de la Casa común.

El desafío es inmenso, pero como familia humana, guiados por la luz del Evangelio, tenemos la capacidad de rectificar el camino. No dejemos que el pronóstico de mañana apague nuestra acción de hoy.