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Con la caída del comunismo el catolicismo social se desmovilizó

  • Categoría de la entrada:Semanas Sociales
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Esta ha sido una de las contundentes afirmaciones que el filósofo Massimo Borghesi ha pronunciado en las Semanas Sociales celebradas en Valladolid. La victoria sobre el comunismo desmovilizó el catolicismo social, que hasta entonces había enfrentado la «fe atea» del comunismo. La Iglesia perdió parte de su enfoque en la cuestión social, y algunos sectores se replegaron hacia un espiritualismo introspectivo, mientras otros adoptaron una visión optimista y acomodaticia del capitalismo.

Massimo Borghesi explora la evolución de la fe en el contexto de la globalización, con un análisis en torno a dos eventos históricos clave que simbolizan esta era: la caída del Muro de Berlín en 1989 y los ataques del 11 de septiembre de 2001. La caída del muro representó el triunfo del modelo capitalista y el fin de una era ideológica bipolar. Este hecho generó la esperanza de una paz duradera y una nueva etapa de prosperidad mundial. Sin embargo, el atentado de 2001 cuestionó esa ilusión de armonía, revelando la fragilidad del modelo globalizado y generando una crisis de identidad en Occidente.

Tres consecuencias provocaron la caída del muro de Berlín:

  • La victoria sobre el comunismo desmovilizó el catolicismo social, que hasta entonces había enfrentado la «fe atea» del comunismo. La Iglesia perdió parte de su enfoque en la cuestión social, y algunos sectores se replegaron hacia un espiritualismo introspectivo, mientras otros adoptaron una visión optimista y acomodaticia del capitalismo.
  • A su vez, surgió un movimiento de teoconservadores en Estados Unidos, quienes veían el capitalismo como compatible con los valores cristianos. No obstante, su apoyo a políticas que exacerbaban las desigualdades y conflictos globales generó tensiones con la Iglesia católica, que se han hecho especialmente visibles en el pontificado de Francisco.
  • También hubo una esperanza de renacimiento religioso tras la caída del comunismo, inspirada en el ejemplo de la Iglesia polaca, vista como un baluarte contra la secularización. Sin embargo, la globalización no detuvo la secularización; más bien, la radicalizó al promover un positivismo que eliminó el sentido religioso, consolidando un agnosticismo pragmático que debilitó las creencias tradicionales.

En el mundo lustroso de fin de siglo, el mito de la eterna juventud, de la vida siempre verde (evergreen), no sólo representa el olvido sistemático del dolor y de la muerte, sino que también esconde una dimensión sacrificial: la de los perdedores, los ancianos, los débiles. 

El modelo tecnocrático y meritocrático de la globalización, que divide a la sociedad entre «ganadores» y «perdedores», acentuando las desigualdades y socavando los valores democráticos debe ser puesto en cuestión. El filósofo Michael Sandel señala que esta concepción de la política, enfocada en los mercados como motores del bienestar público, ha alienado a muchas personas, promoviendo el populismo como reacción. Esta ideología, compartida tanto por la derecha neoliberal como por la nueva izquierda, según Sandel, ha contribuido a la inestabilidad democrática y al descontento social.

Después del 11 de septiembre de 2001. El nuevo maniqueísmo teológico-político.

La globalización, impulsada por la fe en el mercado y la tecnología, ha creado una polarización profunda, cuestionando el ideal de una armonía global y revelando un orden mundial marcado por conflictos y desigualdades crecientes.

Por su parte, la política ha delegado su responsabilidad al dejar en manos de la economía de libre mercado, especialmente bajo el modelo de la Escuela de Chicago, la solución al bien común. Sin embargo, esta dependencia de la economía ha generado un sistema tecnocrático enfocado en la eficiencia y el rendimiento que ha profundizado las desigualdades, tanto en lo económico como en lo moral. En respuesta, el papa Francisco ha hecho un fuerte llamamiento a reevaluar el modelo capitalista en sus encíclicas Evangelii gaudium, Laudato si’ y Fratelli tutti, cuestionando la creencia de que lo bueno para el mercado es siempre bueno para la sociedad. Para Francisco, un sistema que convierte el capital en un ídolo termina por excluir a los pobres y dañar el medio ambiente, pues la economía y la ética se han separado.

El 11 de septiembre de 2001 marcó una crisis en la globalización, al introducir un nuevo «maniqueísmo» entre Occidente y el Islam, en lugar del antiguo conflicto entre Oriente y Occidente. Este suceso dio pie a una teologización de lo político, en la que el conflicto adopta una justificación religiosa. Desde la guerra de Irak en 2003 hasta las tensiones actuales entre Ucrania y Rusia, la religión ha sido usada como legitimación política, transformándose en una “politización de lo religioso”. El papa Francisco, siguiendo la tradición de Juan Pablo II y Benedicto XVI, se ha opuesto a este uso de la religión para justificar conflictos, subrayando la necesidad de evitar un enfoque maniqueo que solo fomenta la división.

El texto también señala que, tras el 11 de septiembre, se intensificó un enfrentamiento entre dos modelos de hegemonía mundial: uno individualista y tecnocrático, y otro nacionalista y populista que busca en la religión un contrapeso al hedonismo de Occidente. En esta tensión, Europa ha perdido su rol histórico de mediador, en parte debido a la falta de líderes con una perspectiva crítica y un sentido de los límites, como sí los hubo tras la Segunda Guerra Mundial.

La encíclica Fratelli tutti, publicada en 2020, refleja esta preocupación del papa Francisco, quien llama a la fraternidad y a superar los nacionalismos, viendo en el individualismo de la globalización un obstáculo para el verdadero bien común.

Francisco se presenta como una autoridad moral que busca una visión multipolar del mundo y rechaza las teologías políticas que fomentan conflictos entre cristianos, judíos y musulmanes. En un contexto donde el nacionalismo y el occidentalismo representan dos extremos inaceptables, Francisco plantea que el cristianismo debe ser un signo de contradicción, enfrentando tanto al modelo hedonista y materialista de Occidente como a los nacionalismos religiosos que restringen la universalidad de la fe. El papa reitera que la misión de los cristianos es llevar la paz de Cristo al mundo, promoviendo el amor y rechazando la violencia y la división en favor de la unidad y la reconciliación.

A continuación os ofrecemos la intervención íntegra: