José Aumente Domínguez
Director del Departamento de Circos y de Ferias de la Conferencia Episcopal Española
Yo nací en un pequeño pueblo de la provincia de Palencia, España, en el año 1948. Nunca vi por allí ningún circo, pero sí algunas veces pasaron los titiriteros, unas personas que con alguna cabra o perro hacías piruetas. La gente del pueblo, con la silla en la mano, acudía a la plaza del pueblo donde iba a tener lugar el espectáculo a la intemperie, no de gran calidad artística, pero sí capaz de entretenernos un rato a la luz de la farola.
En el año 1964 entré en el instituto secular “Siervos de la Iglesia” fundado por don Dino Torreggiani, gran apasionado por la evangelización del mundo circense y feriante.
A don Dino lo conocí personalmente en marzo de 1964 y me fascinó. Desde entonces, las palabras “circos”, “feriantes”, “gitanos”, fueron siendo familiares, pues esas gentes constituían para don Dino Torreggiani su gran pasión sacerdotal.
La primera vez que tuve relación con un verdadero circo fue hacia 1965 en la ciudad de Valladolid. Estaba yo formándome en Tordesillas (Valladolid) donde hacía poco don Dino había fundado un colegio.
Una noche me dice don Dino: “Prepara todo lo necesario para celebrar la misa, mañana iremos a Valladolid y tendremos misa en el circo Roma”. Esa misma noche preparé lo necesario y, al día siguiente, fuimos a Valladolid a un verdadero circo. La acogida a don Dino por parte de los circenses fue muy gozosa, como el reencuentro de unos buenos amigos.
El problema viene cuando don Dino comienza a revestirse con los ornamentos que le había preparado yo. Al ponerse la casulla, en aquella época aún se utilizaba la casulla en forma de guitarra, estaba tazada y rota a la altura de la cintura. Se llevó un gran disgusto, me llamó, y muy severamente me dijo: “Mira, cuando se va a celebrar a un circo se tienen que traer los ornamentos limpios y bonitos, por respeto al Señor, pero también por respeto y dignidad de los mismos circenses. Hay que tratarlos con dignidad”. Y añadió: “Mira, ellos, cuando salen a la pista para actuar, siempre salen con la ropa bonita, bien limpia y planchada. Y lo hacen por respeto al público que ha venido a verlos”.
Creo que aprendí bien la lección porque, siempre que salgo a la pista para celebrar alguno de los sacramentos, me pongo ornamentos bonitos, limpios y bien planchados, como sé que gustaban a don Dino.
En aquella ocasión recuerdo que aún se celebraba la misa en latín y me expresó el gran dolor que había sentido toda su vida al tener que celebrar en latín y no haber podido hacerlo en su propia lengua.
Este primer encuentro con los circenses me ha marcado profundamente y doy gracias a Dios de haberlo hecho de la mano de don Dino, el gran apóstol de las caravanas, como lo llamó el Papa Francisco.

MATERNIDAD DE LA IGLESIA
El gran deseo que tenía don Dino en su relación con los circenses y feriantes, es que vieran éstos por experiencia propia, que la Iglesia es Madre. Este deseo de don Dino no es menor. A mí me exige tener mucho cuidado cuando me desplazo a los circos por cualquier circunstancia y muy especialmente para celebrar alguno de los sacramentos, que vean el rostro materno de la Iglesia que se acerca a ellos para darles lo más valioso que tiene que son los sacramentos y, en ellos, la presencia viva del Señor.
No es fácil la tarea, pero sí posible. Lo más fácil es dejarte querer por los circenses como amigos, cosa muy buena, pero, no solo. Las palabras de don Dino han pasado a formar parte de mi vivir y actuar y me esfuerzo para que mis hermanos y amigos circenses vean en mi la presencia de la Iglesia Madre que los visita y acompaña en su vida itinerante como a hijos.
“ACERCATE Y PÉGATE A LA CARROZA”
En las muchas celebraciones sacramentales que hago en la pista del circo, una de las lecturas que pocas veces falta, es la relacionada con Felipe y el eunuco etíope, que encontramos en los Hechos de los Apóstoles (Hch 8, 26-40).
Se trata de un etíope ministro de Candaces que ha ido a Jerusalén para adorar. De vuelta, montado en su carroza, iba leyendo un pasaje bíblico del profeta Isaías (Is 53, 7 s) sobre el “Siervo del Señor”. El Espíritu dijo a Felipe que se acercara y pegase el oído a la carroza para poder escuchar lo que iba leyendo. Al preguntarle al etíope si entendía algo sobre lo que leía, al decirle que nada, invitó a Felipe a subir a la carroza, sentarse con él y seguir el camino.
Durante el camino le fue hablando sobre Jesús, su muerte y resurrección. Y sobre el bautismo, para renacer de nuevo, del agua y del Espíritu.
La catequesis de Felipe hecha durante el viaje, hizo que el mismo eunuco al ver agua le dijese: “¿Qué dificultad hay para que me bautice?» Y bajando del carruaje se acercaron al agua y allí mismo lo bautizó.
La lectura termina diciendo que el etíope no volvió a ver a Felipe, pero que prosiguió muy contento su camino.
Este episodio leído y explicado en la pista del circo, en cualquiera de los sacramentos, pero muy especialmente cuando hay algún bautizo, constituye una catequesis esencial ya que el mundo circense, por su propia naturaleza es itinerante y, en su itinerancia, la Iglesia, que es Madre, sale a su encuentro para celebrar con ellos los sacramentos y después, como el eunuco, llenos de alegría, prosigan ellos su camino.


DEPARTAMENTO DE PASTORAL DE CIRCOS Y FERIAS
En España, el Departamento de Pastoral de Circos y de Ferias se crea en el año 1967 a raíz de constituirse la Conferencia Episcopal en el año 1966. A lo largo de estos 58 años la Iglesia siempre ha procurado estar cerca de los circenses y feriantes acompañando y alentando su fe y celebrando los sacramentos en su itinerancia, superando no pocas dificultades de toda índole.
En estos 58 años siempre hemos podido constatar que, como decía Jesús: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos” (Mt 9, 37).
En enero de 2011 la Conferencia Episcopal Española me nombró Director Nacional del Departamento de Pastoral de Circos y Ferias. Desde entonces, mi tarea principal ha sido, y es, estar a su total disposición para todo aquello que me necesiten, sin mirar tiempos ni distancias.
Desde un principio he favorecido que me identifiquen y llamen “Padre José” por todo aquello que tiene de cercanía, de confianza, de relación amistosa sin demasiados protocolos. Ellos me identifican como “el cura de los circos” o sencillamente como “su cura”.
Siempre que tengo ocasión los visito y me suelo quedar a ver el espectáculo e incluso sentarme a la mesa con ellos en sus caravanas.
Lógicamente mi teléfono lo tienen todos ellos y saben muy bien que pueden contar conmigo en todo momento, principalmente para celebrar alguno de los sacramentos.
Las celebraciones de los sacramentos, bautismos, confirmaciones, comuniones, bodas y demás celebraciones, las tenemos habitualmente en la pista del circo, donde se coloca el altar y se decora el espacio con tapices de Cristo, de la Virgen, de san José o algunos otros motivos.
Cuando las circunstancias lo requieren, los globos en múltiples formar y colores, también suelen ser un recurso muy valioso y socorrido para adornar el espacio.
Con todas estas cosas se logra transformar la pista y el escenario del circo, en un espacio religioso.
Verdaderamente amo este trabajo y ministerio que ejerzo entre los circenses y feriantes, y con frecuencia repito el salmo 16 que dice: “El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano: me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad” (Salmo 16, 5-6).
Hay una frase del evangelio de san Juan, en la narración del episodio de los Discípulos de Emaús, que siempre me ayuda a seguir en la tarea emprendida sin volver la mirada atrás: “Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos” (Lc 24, 15).


Con estos sentimientos, sigo día a día ocupándome de estos hermanos nuestros, a los que aprendí amar aquel lejano día en el cual don Dios me llevó al circo Roma en la ciudad de Valladolid, dándome la lección práctica, que al circo hay que llevar los mejores ornamentos para las celebraciones y el corazón apasionado de amor por estas personas que, día a día, dan lo mejor de sí mismos, sin mirar los trabajos que ello comporta ni los muchos riesgos que a veces supone hacer ciertos números, pero que está dentro de su búsqueda constante del “más difícil todavía”.
Sí, la Iglesia, que es Madre, está y debe estar muy cerca de ellos, sus hijos, que de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, van llevando la sonrisa a los mayores, jóvenes y niños.
Cuando voy a ver un espectáculo circense observo las reacciones de complicidad entre el público y los artistas. Me encantan las carcajadas sinceras y los calurosos aplausos, como la cosa más natural. Son momentos maravillosos donde nos despojamos del respeto humano y sacamos el niño grande que llevamos dentro. En esos momentos, recuerdo de las palabras de Jesús: “En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt.18, 3).
Termino dando las gracias de corazón a toda esta gente de la movilidad, tanto circenses como feriantes, y agradecemos su trabajo en bien de la sociedad. Ellos son los grandes animadores de nuestras fiestas, y los que convierten los recintos feriales en un lugar, donde poder divertirse junta toda la familia, sin distinción de edad ni condición.
A los maternos cuidados de la Virgen, Madre de la Alegría, pongo a todos nuestros hermanos circenses y feriantes, sabiendo que, con ella a su lado, están al seguro.
Este artículo fue publicado en italiano en Circo Clásico y en español en la Revista Chapito de Amigos del Circo

