En su discurso de apertura de la Asamblea Plenaria del mes de Noviembre de 2024 de la Conferencia Episcopal Española Mons. Luis Arguello se ha referido de forma contundente a la situación de las personas migrantes:
«Los inmigrantes están presentes en los tres asuntos contemplados. Su presencia es controvertida y paradójica: la demografía de nuestra sociedad los necesita, pero generan rechazo; el mercado laboral los reclama, pero tiran de las condiciones laborales hacia abajo; viven en nuestros pueblos y barrios y participan en los servicios del estado del bienestar, gracias a sus hijos se mantienen escuelas que sin ellos cerrarían, pero la sanidad y los servicios sociales experimentan límites; a veces, se generan guetos y se pone de manifiesto la dificultad real del multiculturalismo.
Muchas organizaciones eclesiales, entre ellas la práctica totalidad de las Cáritas diocesanas han secundado la iniciativa legislativa popular por la regularización extraordinaria de personas extranjeras en España, unas quinientas mil, que llevan ya más de tres años viviendo, en muchos casos trabajando entre nosotros y teniendo hijos nacidos ya en España. No hay otra alternativa: o se las expulsa —y el Estado sabe que no puede hacerlo—, o se las acoge en la legalidad. La actual tierra de nadie es inaceptable. La exhortación pastoral Comunidades acogedoras y misioneras. Identidad y marco de la pastoral con migrantes, que fue aprobada por la Asamblea Plenaria del pasado mes de marzo, quiere impulsar la pastoral en este campo tan significativo de nuestro mundo.
La Iglesia anima a abordar las causas que obligan a salir de la propia tierra, afirmando el derecho a no emigrar, a combatir a las organizaciones que trafican con los emigrantes y su necesidad imperiosa de cruzar los mares o atravesar desiertos; también a las organizaciones que, en los países de llegada, aprovechan la necesidad de sobrevivir o de realizar diversas gestiones; el precio entonces es diverso: prostitución, tráficos clandestinos o préstamos usurarios. La Iglesia reconoce el derecho de los Estados de regular los flujos migratorios, pero, sobre todo, desde sus fuentes evangélicas que afirman la dignidad y la fraternidad, está comprometida en «acoger, proteger, promover e integrar» a los que llegan al lado de nuestra casa».

