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Pecado, conversión y esperanza en la teología de la creación, parte I

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral
  • Tiempo de lectura:8 minutos de lectura

«Cuidar nuestra casa común»
Documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI), 2026
(Prendersi cura della Casa Comune)

Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española

La recepción del documento de la Comisión Teológica Internacional (CTI) de 2026, titulado «Prendersi cura della nostra Casa comune: Risposta responsabile e fraterna al Dio trinitario» (Cuidar nuestra casa común: Respuesta responsable y fraterna al Dios trinitario), constituye un hito profético y una exigencia estratégica para la Iglesia contemporánea. Como Iglesia en España que trabaja en la pastoral de ecología integral, lo acogemos con mucho gozo, pues, como veremos, el documento no hace otra cosa que situar nuestra praxis y nuestras convicciones en los rieles de la teología creacional.

En un momento tan difícil para nuestra civilización, la CTI no ofrece un mero ajuste técnico, sino una síntesis teológica profunda que sitúa la custodia de la creación en el corazón mismo del diseño trinitario. Esta respuesta es necesaria para superar la ceguera de un modelo de desarrollo que ha ignorado que la salud planetaria es indisociable de la fidelidad al Creador (n. 7).

1. El diagnóstico de una crisis civilizatoria: La triple mutación

La crisis actual es, en su raíz, el resultado de una triple mutación cultural que, desde el siglo XVI, ha fracturado la relación entre el ser humano y el cosmos (n. 2). Esta fractura no fue solo física, sino también epistemológica: la naturaleza dejó de ser el «libro de la creación» donde se leía el Logos divino para convertirse en un mero recurso inerte. Este proceso se desglosa en tres hitos:

  1. La pérdida de la sacralidad: La desaparición de la percepción de la naturaleza como obra impregnada de la presencia de Dios.
  2. Un antropocentrismo predatorio: el desplazamiento de la trascendencia y del cosmos por una soberanía humana absoluta y tecnológica.
  3. Crisis planetaria: el desembocar en un impacto ambiental «miope y suicida» que amenaza la supervivencia de la vida (n. 2). Para sanar esta herida, es imperativo recuperar la visión lúcida de que «todo está conectado» (n. 3), asumiendo que la ecología es una dimensión de la antropología (n. 4). El universo no es una suma de objetos, sino una red pericorética de relaciones que reflejan la vida trinitaria: una interdependencia cosmológica, antropológica y ecológica inseparable. Esta red revela que el origen de la crisis no es técnico, sino la pérdida de la “impronta trinitaria» en la mirada humana (nn. 17, 31).

2. La raíz espiritual del mal: el pecado contra la creación y contra el Creador

La CTI propone una valoración audaz al definir la crisis ecológica no como una falta moral abstracta, sino como una ruptura en la estructura relacional misma de la realidad (nn. 31-33, 86). Es más, el pecado es, en esencia, una desobediencia al “principio sabático” (n. 82), el rechazo a reconocer los límites que el Creador ha inscrito en el orden natural para dar espacio a la gratuidad y al gozo, a la mirada desinteresada y libre del deseo de poder y dominar.

Definición teológica superior: pecado vs. ecocidio

Mientras que conceptos seculares como el «ecocidio», de origen científico, se limitan a medir el daño biológico o legal, el término «pecado contra el creado y contra el Creador» posee una robustez teológica superior. El pecado mide el daño a la finalidad del universo. Es una ruptura de la relacionalidad agápica que vincula la ofensa a la criatura con el rechazo del plan divino (nn. 32-33, 93, 97). Esta herida se manifiesta en una triple ruptura de las relaciones constitutivas (n. 86):

  • Con Dios:  al pretender la autonomía absoluta del «seréis como dioses» (nn. 81, 93).
  • Con el prójimo:  al ignorar el impacto en las generaciones futuras y en los vulnerables (n. 97).
  • Con la creación:  al transformar el jardín en un campo de batalla por los recursos (n. 94). Esta dinámica se cristaliza en «estructuras de pecado» económicas y sociales que institucionalizan el paradigma tecnocrático (nn. 94, 96). Así, el «grito de la tierra» y el «grito de los pobres» son una sola herida ontológica que exige una revisión del lugar del hombre en el cosmos (nn. 91, 120).

3. El puesto de la persona humana: Un «antropocentrismo situado»

La sanación de la casa común requiere un equilibrio antropológico que evite tanto el despotismo humano como la disolución de la dignidad humana. La CTI identifica dos errores extremos que deben subsanarse para restaurar la ontología relacional. El primero de ellos es el antropocentrismo predatorio, descrito como una actitud de dominio absoluto e irresponsable, en la que el ser humano se erige erróneamente en dueño y saqueador de la naturaleza (nn. 99-100). En el extremo opuesto se encuentra el biocentrismo radical, una visión que promueve un igualitarismo biológico. El documento critica esta postura porque, al nivelar todas las formas de vida, termina por negar la singularidad intrínseca del ser humano y su vocación específica de ser interlocutor directo de Dios (n. 101).

Frente a estos extremos, los papas Francisco (en Laudato Si’) y León XIV (en Magnifica Humanitas) proponen un «antropocentrismo situado» (n. 102). Este concepto define al ser humano como un «administrador sabio» (n. 104) y, más profundamente, como «servidor de la creación» (nn. 105-106 ). El ser humano no es un accidente biológico, sino un «ser en la frontera» (n. 105) llamado a actuar como voz de la «alabanza cósmica» (n. 106). Su misión es transformar el dominio en un servicio litúrgico, ofreciendo la creación a Dios para que este alcance su plenitud (n. 106).

4. Las vías de sanación: La conversión ecológica integral

La conversión ecológica no es un activismo periférico, sino una exigencia de fe que nace de la mediación cristológica y el encuentro con Jesucristo (n. 105). Esta metamorfosis debe sanar las relaciones en todas sus escalas.

  • La lógica jubilar:  Sanar la relación con Dios implica redescubrir el descanso de la tierra y la restitución de los bienes. El Jubileo nos recuerda que Dios es el único propietario y que la tierra es un préstamo para la fraternidad (nn. 112-114).
  • Espiritualidad ecológica:  Sanar la relación con uno mismo requiere la recuperación de la viriditas  (energía vital divina; n. 19) mediante el ora et labora, la ascesis y el ayuno moral. Cada acto de consumo debe redescubrirse como un acto ético y como una forma de comunión (nn. 117, 124).
  • Ética del cuidado responsable: Los principios de reverencia (admiración por la belleza) y de la escucha de los gritos de la Tierra deben guiar la acción política y social (nn. 118-120).
  • Justicia social y destino universal:  La opción preferencial por los pobres es el criterio último de una ecología que se pretenda integral, recordando que la propiedad privada está subordinada al bien común (nn. 127, 130). Esta conversión encuentra su motor y su máxima expresión en el misterio sacramental de la Iglesia.

5. La Eucaristía y la esperanza escatológica

La Eucaristía es el punto de convergencia en el que la materia y el espíritu se encuentran para la transfiguración del mundo. Como «escuela ecológica», la liturgia nos enseña que el pan y el vino son la transfiguración de los lógoi (las razones divinas insertas en la naturaleza) por la fuerza del Espíritu Santo (n. 108). En el sacrificio eucarístico, la creación entera es asumida por el Verbo encarnado. El pan y el vino no son solo símbolos, sino la «máxima elevación» del mundo material que ya participa del dinamismo de la resurrección (n. 35). Esta visión fundamenta una esperanza escatológica que no apunta hacia la nada, sino hacia la glorificación final.

Conclusión

En definitiva, el destino del universo es la recapitulación de todas las cosas en Cristo  (n. 36), y esta recapitulación presupone necesariamente la creación (n. 11). El cosmos no es un escenario desechable, sino una realidad llamada a la plenitud en la que Dios será «todo en todos». Esta certeza debe movernos a una acción responsable y fraterna, sabiendo que cada gesto de cuidado hacia nuestra Casa Común es un anticipo de la vida eterna y una alabanza al Dios Trinitario (nn. 142 y ss.).

Superar estos errores antropológicos señalados en el documento de la CTI es el primer paso para impulsar en nuestras diócesis una auténtica pastoral de la ecología integral, donde la conversión ecológica no se viva como un activismo periférico, sino como una exigencia de fe que nace del encuentro con Jesucristo. Esta metanoia esencial es el punto de cambio esencial para sanar nuestras relaciones en todas sus escalas (con Dios, con nosotros mismos, con la creación y con el prójimo), transformando cada gesto de cuidado y administración de nuestra casa común en una alabanza al Dios Trinitario y en un anticipo de la vida eterna