En este momento estás viendo #1 Magnifica Humanitas: La defensa de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial

#1 Magnifica Humanitas: La defensa de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial

Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española
Miembro de la Pontificia Academia para la Vida

La carta encíclica Magnifica Humanitas (MH), la magnífica humanidad creada por Dios, es una profunda reflexión de 245 párrafos en la que el papa León XIV reflexiona sobre cómo proteger la dignidad humana ante el auge de la inteligencia artificial (IA) y de las tecnologías digitales. A través de un recorrido histórico por la Doctrina Social de la Iglesia, el Santo Padre propone un discernimiento ético frente al paradigma tecnocrático y las ideologías del transhumanismo. Las figuras bíblicas de la construcción de la torre de Babel y de la reconstrucción de las murallas de Jerusalén (MH, 7-8) le permiten, desde el inicio (MH, 1), advertir de los riesgos de una construcción social deshumanizada y abogar por una responsabilidad compartida. La carta pastoral afianza el pensamiento social católico sobre la dignidad humana y el bien común, en las claves morales del desarrollo integral humano y de la ecología integral, perfiladas en Laudato Si’, y enfatiza la necesidad de salvaguardar la verdad, el trabajo y la libertad, orientando siempre el progreso hacia el bien común y la justicia social. La misiva pastoral concluye con un llamamiento a construir una civilización del amor que abrace la fragilidad humana como un espacio de encuentro y de trascendencia, esencia de la humanidad.

La IA, trabajo y dignidad humanos

El tema central que atraviesa la encíclica, aunque no es el único, es la preocupación del Santo Padre por el despliegue acelerado de la inteligencia artificial (cf. MH, 97-111) y de la automatización, que transforman rápidamente la estructura misma del trabajo humano (cf. MH, 150). Esto plantea profundos desafíos para la dignidad humana. Aunque la tecnología debería, idealmente, liberar al ser humano de labores pesadas o peligrosas y ofrecer un apoyo inteligente, su implementación actual afecta la dignidad del trabajo humano en varias dimensiones críticas (cf. MH, 156). 

El papa León destaca que las promesas de la IA a menudo se traducen en que «los trabajadores se ven obligados a adaptarse a la velocidad y a las exigencias de las máquinas» (MH, 150), en lugar de que estas sean diseñadas para asistir a las personas. La adopción actual de estas tecnologías puede «descalificar a los trabajadores, someterlos a una vigilancia automatizada y relegarlos a funciones rígidas y repetitivas» (ib.), lo que sofoca sus capacidades innovadoras y su autonomía. Además, decisiones delicadas que afectan al empleo corren el riesgo de ser delegadas en sistemas automatizados y algoritmos que carecen de «la compasión, la misericordia, el perdón y, sobre todo, la apertura a la esperanza de un cambio en la persona», lo que puede generar nuevas exclusiones silenciosas e inapelables (MH, 102).

Cuando la innovación se adopta únicamente bajo la lógica de reducir costes y maximizar beneficios, se corre el riesgo de una rápida contracción de los puestos de trabajo disponibles. Esto genera «nuevas formas de precariedad de desigualdad» (MH, 151), creando un escenario en el que una minoría altamente especializada percibe remuneraciones muy altas, mientras que una gran parte de la población activa se enfrenta a salarios cada vez más reducidos y a la precariedad (cf. ib.). La falta de un trabajo digno no solo afecta los ingresos, sino que también expone a las personas a una inactividad forzada que se traduce en un «empobrecimiento humano» y una «regresión antropológica» (MH, 154), minando la paz social y devastando el tejido familiar y el futuro de los jóvenes (cf. ib.).

Asimismo, la aparente inmediatez de la IA oculta una vasta cadena de mediaciones y de trabajo humano mal remunerado. El funcionamiento de la economía digital se apoya en «el trabajo invisible» de millones de personas (cf. MH, 109), a menudo mujeres y jóvenes, que realizan tareas repetitivas y precarias como el «etiquetado de datos», el «entrenamiento de modelos» algorítmicos y la «moderación de contenidos» (MH, 173). Es más, el papa León constata que «en algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se extraen las tierras raras», se trata de «cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de cálculo no se interrumpa» (MH, 173). Esta explotación deliberadamente oculta contradice la promesa de emancipación tecnológica y se asemeja a nuevas formas de servidumbre global que vulneran la dignidad inalienable del ser humano (cf. MH, 173).

Frente a estos riesgos, la carta pastoral subraya que «el trabajo no es un simple instrumento» (MH, 149) ni «un simple coste de producción», sino un «bien fundamental» y una vocación que permite a la persona desarrollarse, cooperar y participar en el bien común (cf. MH, 37). Por lo tanto, para proteger la dignidad humana en la transición digital, no basta con reaccionar ante las pérdidas de empleo. Es imperativo «diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento» (MH, 150) y asegurar que la introducción de la IA esté siempre acompañada de medidas sociales verificables que protejan el empleo, garanticen la formación continua y promuevan la participación de los trabajadores (cf. MH, 156). La regla general debe seguir siendo la protección de la persona, ya que el lucro nunca puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente el trabajo humano (cf. MH, 148, 152, 156 y 157).

En definitiva, la encíclica es un llamamiento para no dejar atrás nuestra dignidad humana, fundamento de los derechos inalienables de todo ser humano, porque 

«Creados a imagen del Creador, mediante nuestras obras prolongamos en cierto modo la suya: contribuimos al progreso de la sociedad y a la construcción del bien común, ponemos en práctica las capacidades recibidas, mejoramos y embellecemos el mundo, mantenemos a nuestras familias, entablamos relaciones de cooperación y aprendemos a construir juntos, en la escucha y el diálogo, algo que nadie podría realizar por sí solo». (MH, 138).

Por lo tanto, la carta pastoral nos enfrenta al verdadero desafío de nuestra época: no tanto frenar la innovación, sino gobernarla. Para que esta visión creadora del ser humano se mantenga viva en la actual transición digital, la inteligencia artificial debe abandonar la lógica de la mera eficiencia y de la explotación invisible. Lógica que constituye, ciertamente, «la mentalidad tecnocrática y poshumanista, que tiende a considerar a la persona como un objeto manipulable o un recurso que hay que optimizar, eliminando todo lo que pone límites a la maximización del beneficio» (MH, 172). Solo poniendo la tecnología al servicio de esta vocación humana compartida podremos evitar la deshumanización y edificar esa civilización del amor que abrace nuestra fragilidad como esencia de nuestra humanidad.