Mensaje del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral con ocasión del Domingo del Mar, que se celebra el 13 de julio 2025
Queridos hermanos y hermanas:
Una vez al año, las comunidades católicas de todo el mundo conmemoran a la gente de mar durante sus asambleas litúrgicas dominicales. La segunda semana de julio se inicia, de hecho, con el Domingo del Mar, una jornada dedicada a una reflexión que lleva al corazón de la
Iglesia el trabajo, a menudo realizado de manera invisible, de miles de marinos, quienes transcurren la mayor parte de su vida lejos de sus familias y comunidades, y sin embargo contribuyen significativamente a la economía y al desarrollo de los pueblos.
Tal y como se expresa de manera inolvidable en la Constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, de la que este año se celebra el sexagésimo aniversario: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (GS 1). Por esta razón, deseamos que todos los que trabajan en el mar sepan que se hallan en el corazón de la Iglesia y que no están solos en sus reivindicaciones de justicia, dignidad y alegría. Efectivamente, un desarrollo humano integral comprende a todos los seres humanos en todas sus dimensiones: físicas, espirituales y comunitarias. En los lugares en los que se proclama el Evangelio y se acoge la presencia de Jesús resucitado, el mundo no puede permanecer inalterado. De hecho, aquel que venció al pecado y a la muerte afirma: «Mira, hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).
En este año jubilar, estimados hermanos y hermanas, la novedad que anuncian los cristianos debe cuestionar aún más radicalmente el orden establecido, porque el Reino de Dios nos insta a la conversión: romper las cadenas, perdonar las deudas, redistribuir los recursos, encontrarse en la paz, son gestos humanos valientes, pero a la vez posibles. Reavivan la esperanza. Desde el principio hemos aprendido que: «quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4,20). De este modo, toda la Iglesia está llamada también a interrogarse sobre las actuales condiciones laborales en los puertos y en las embarcaciones, incluyendo los derechos de los trabajadores, las condiciones de seguridad y la asistencia tanto material como espiritual que se les proporciona. En una creación herida y en un mundo en el que aumentan los conflictos y las desigualdades, amar al Dios de la vida implica comprometerse con la vida. La vida, en efecto, es siempre algo concreto: la vida de una persona, la vida que se va gastando en relaciones que, si no resultan liberadoras, se convierten en algo opresivo, y si no hacen florecer, resultan humillantes. Centremos, pues, nuestra atención en los factores subyacentes de nuestras economías, en quienes contribuyen a su funcionamiento diario, a menudo sin obtener beneficios personales y se enfrentan más bien a situaciones de discriminación y peligro.
Queremos reconocer a los marinos como “peregrinos de la esperanza”, así nos define a todos el lema del Jubileo 2025. Conscientes o no de ello, encarnan el deseo de todo ser humano, de todo pueblo o fe religiosa, de vivir una vida digna, a través del trabajo, el intercambio y los encuentros. No se han quedado inmóviles: han tenido la necesidad y la audacia de partir, como tantos hombres y mujeres de los que habla la Sagrada Escritura. Gente que viaja, dentro del viaje de la vida. “Esperanza” es la palabra que siempre debe recordarnos cuál es nuestra meta: no somos vagabundos sin destino, sino hijas e hijos cuya dignidad nadie ni nada podrá borrar jamás. Por lo tanto, somos hermanos y hermanas. Venimos de la misma casa y volveremos a la misma casa: una patria sin fronteras ni aduanas, donde no existen privilegios que generen divisiones, ni injusticias que causen sufrimiento. Dado que esta conciencia es firme e indestructible, podemos tener esperanza. Ya hoy la solidaridad entre nosotros y entre todos los seres vivos puede fortalecerse y manifestarse con mayor intensidad. «La esperanza cristiana, de hecho, no engaña ni defrauda, porque está fundada en la certeza de que nada ni nadie podrá separarnos nunca del amor divino» (Spes non confundit 3).
Me gustaría expresar mi más sincero agradecimiento a los marinos cristianos y a todos sus compañeros de otras religiones y culturas. Ustedes son peregrinos de la esperanza cada vez que trabajan con atención y amor, cada vez que mantienen vivos los lazos con sus familias y sus comunidades, cada vez que, ante las injusticias sociales y medioambientales, se organizan para reaccionar y responder con valentía y de manera constructiva. Les pedimos que actúen también como puentes entre países enemigos y sean profetas de paz. El mar une todas las tierras, las invita a contemplar el horizonte infinito, a sentir que la unidad siempre puede prevalecer sobre el conflicto. Pido a las comunidades eclesiales, en particular a las diócesis con territorio marítimo, fluvial o lacustre, que desarrollen la atención al Mar como un entorno físico y espiritual que invita a la conversión.
María, Estrella del Mar, orienta e ilumina nuestra esperanza.
Cardenal M. Czerny SJ
Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

