La dimensión social de la sinodalidad: el clamor de los empobrecidos y de la Tierra
Con la participación del Director de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y Promoción hamana de la CEE, Fernando Fuentes
Los Congresos de DSI organizados por el CELAM en Latinoamérica y el Caribe, se han celebrado -en las tres oportunidades- en medio de espacios de discernimiento de la Iglesia sobre su rol en la sociedad. El primero en Santiago de Chile, 1991, luego de completarse el retorno a la democracia política en la Región; el segundo en Ciudad de México, en 2006, cuando nos aprestábamos a retomar -en la Conferencia General de Aparecida- el camino de Medellín y Puebla; y, por último, el tercero este año en Bogotá, Colombia, en medio de un proceso de recuperación del camino trazado por los padres conciliares en Vaticano II, en especial su eclesiología del Pueblo de Dios y la cultura de la sinodalidad, que establece una nueva manera de vivir el servicio de los distintos ministerios, en igual dignidad.
Así como cada Congreso tuvo su espacio de propuestas, este III Congreso, este apunta a cuestiones que nos preocupan como sociedad. Algunas son temas pendientes desde la Conferencia de Aparecida , entre otros: vivir de manera permanente el estado de misión, lo que demanda conversión pastoral, y abandonar el clericalismo (del clero y del laicado). Además, diversos temas nuevos, surgidos luego de esa Conferencia General. Sin duda, la mayor parte de ellos alineados con la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe y con el Sínodo sobre la Sinodalidad.
Desde luego, entre otros aspectos, en lo socio-cultural, asumir que haber conseguido democracia política hace tres décadas no es suficiente. Esta no tiene fortaleza sin democracia económica, para que no haya descartados entre los hijos de Dios, en especial aquellos descartados de sus patrias que migran buscando un lugar donde poder subsistir. Que la Casa Común sea cuidada para las generaciones siguientes. Que la mujer tenga espacios conforme a su dignidad en medio de la sociedad y de la Iglesia. Que seamos capaces de acoger pastoralmente las diversas manifestaciones de diversidad. Que la tecnología esté al servicio de la persona humana y no la deshumanice. Que la paz, siempre fruto de la justicia, impere en el mundo. Que seamos capaces de avanzar en el diálogo ecuménico e interreligioso.

