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Crédito de foto: EFE/ Angel Medina

El mensaje de León XIV desde Canarias

  • Categoría de la entrada:Migraciones
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“La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”

Por Fernando Redondo Pavón
Director del Departamento de Migraciones de la CEE

Con esta afirmación en el acto celebrado en el muelle de Arguineguín, lugar icónico que acogió a miles de personas migrantes, llegadas en cayucos de diferentes países del África Occidental, tras una traumática travesía a lo largo de esta Ruta Migratoria del Atlántico, el papa León lanzó un contundente mensaje en defensa de la dignidad humana y de los derechos de las personas migrantes. 

En este lugar marcado por el sufrimiento, la esperanza y la supervivencia, el pontífice, en línea con la Doctrina Social de la Iglesia y el magisterio de sus antecesores, especialmente del papa Francisco, recordó que “la dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”, reivindicando así el derecho de toda persona a buscar condiciones de vida más seguras y dignas cuando estas no existen en su lugar de origen.

Durante su intervención, el Papa puso el foco en las experiencias de quienes llegan a las costas europeas tras afrontar travesías extremadamente peligrosas:“Aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega. Nos pregunta si hemos sabido reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre, la violencia, después del desierto, de la noche y del mar”, afirmó.

Más allá del control fronterizo

“Aquí llegan tantas vidas heridas, despojadas de casi todo, pero nunca de su dignidad. Aquí el Evangelio nos arranca del lugar cómodo del espectador y nos sitúa ante el hermano que llega» 

Ante las políticas migratorias que se avecinan, como consecuencia de la entrada en vigor del «Pacto Europeo sobre Migración y Asilo», que prioriza el control y la seguridad de las fronteras, frente a la acogida de las personas migrantes, el Papa cuestionó los enfoques centrados exclusivamente en la gestión de flujos migratorios y el refuerzo de fronteras. A su juicio, la respuesta debe incluir vías legales y seguras para migrar, operaciones de rescate y asistencia humanitaria, una lucha efectiva contra las redes de tráfico de personas y políticas de integración que garanticen el respeto de los derechos fundamentales.

También destacó que junto al derecho a migrar cuando la vida está amenazada, existe también el derecho a no tener que hacerlo. Es decir, el derecho de toda persona a vivir dignamente en su propio país, libre de hambre, violencia, persecución o pobreza extrema. 

Así de contundente se expresó el papa León en Arguineguín a este respecto:

«Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae sólo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?. La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos».

Una llamada a la responsabilidad compartida

Ante esta realidad y este drama, el Papa lanza una llamada contundente a la comunidad internacional, subrayando que la respuesta a la migración debe ser una responsabilidad compartida entre países de origen, tránsito y destino. Así lo expresaba en su discurso:

«Este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».

La Iglesia en primera línea 

Como no podía ser de otra forma, en su calidad de Pastor que viene a confirmarnos en la fe, en la esperanza y en el ejercicio de la caridad, una parte significativa de su discurso estuvo dirigido a la comunidad eclesial, porque la Iglesia, dice el Papa: » no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche».

Dejó bien claro, que la acogida y el acompañamiento de las personas migrantes está en el corazón mismo de la acción pastoral de la Iglesia y que no pueden quedar únicamente en manos de voluntarios o entidades especializadas, sino que constituyen una responsabilidad de toda la comunidad creyente; porque en palabras del mismo Papa, ante esta realidad: » también la Iglesia debe dejarse interpelar. La acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios. Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso (cf. Lc 10,31-32)».

Denuncia de la explotación y el tráfico de personas

Ya en el acto celebrado en la Plaza del Cristo de la Laguna en Tenerife, el Papa condenó de forma explícita y enérgica a las redes que organizan rutas mortales, trafican con seres humanos, explotan laboralmente a quienes migran o someten a mujeres y familias a situaciones de abuso y extorsión:

«La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana”. 

«Y desde esta plaza quiero dirigir una palabra clara a quienes se aprovechan de la desesperación; a quienes organizan rutas de muerte, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores, amenazan mujeres, engañan familias y convierten el sufrimiento ajeno en negocio. Deténganse. Conviértanse (cf. Mc 1,15). Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él (cf. Gn 4,10; Ex 3,7-9). El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro (cf. Jr 22,13; St 5,1-6). Por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina (cf. 2 Co 5,10). Rompan esas cadenas y liberen a quienes tienen bajo dominio (cf. Is 58,6). Devuelvan lo arrebatado y reparen cuanto puedan. Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión (cf. Ez 33,11)».

Un mensaje para el futuro

Pasado el momento  del impacto emocional y mediático que nos ha dejado la visita del Papa, nos toca ahora a nosotros, iluminados por su enseñanza, tras una lectura y reflexión serena, no dejar caer en saco roto todo lo escuchado y convertir sus palabras en acciones y proyectos pastorales concretos, encaminados a fortalecer espacios de acogida y escucha; favorecer la participación activa de las personas migrantes en la vida de la Iglesia; impulsar procesos de integración que respeten las identidades culturales; promover el diálogo intercultural e interreligioso; acompañar especialmente a las familias, a los menores y a quienes viven situaciones de mayor vulnerabilidad; y formar comunidades cristianas capaces de reconocer en la diversidad un don del Espíritu.

Esta acción pastoral exige también una espiritualidad profunda. No basta con organizar actividades o prestar ayudas materiales. Necesitamos aprender a descubrir a Cristo en quienes llegan cansados por el camino, heridos por la violencia, la pobreza, la soledad o el desarraigo. La pastoral migratoria nace de la contemplación del Señor presente en el hermano que busca acogida y esperanza.

Al mismo tiempo, las palabras del Santo Padre nos recuerdan que nuestra misión posee una dimensión profética. Estamos llamados a ser voz de quienes muchas veces no son escuchados, a promover una cultura del encuentro frente a la cultura del rechazo, a denunciar toda forma de discriminación e injusticia.

Que María, «Consuelo de los Migrantes», sea nuestra compañera de camino y nuestra fortaleza para llevar a cabo esta misión de seguir construyendo una Iglesia que acoge, acompaña, protege y promueve la vida de cada persona migrante, haciendo visible el rostro misericordioso de Cristo en medio del mundo.