Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española
El Departamento de Ecología Integral, junto con las organizaciones católicas Enlázate por la Justicia y el Movimiento Laudato Si’, y las organizaciones ambientales ECODES y Greenpeace España, presentará un mensaje conjunto a los líderes de gobierno, en vista de la próxima cumbre climática, la COP31, en Antalya (Turquía), el miércoles 4 de noviembre.
Como director del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española, y en representación de las organizaciones convocantes católicas, siento la ineludible responsabilidad pastoral de explicar las profundas razones de fe y ciencia que sustentan nuestra Declaración Conjunta ante la inminente COP31 de Antalya. En este contexto, el miércoles 4 de noviembre a las 19h se realizará un webinario titulado “De las promesas a la acción justa real”. Para participar por Zoom haga click aquí.
Nos encontramos en la llamada «era de la implementación» y la crisis climática nos interpela con una urgencia devastadora que exige pasar de las promesas diplomáticas a una acción real, justa, financiada y con rostro humano. Nuestra voz no nace de un mero activismo secular, sino del núcleo mismo de la fe cristiana y de un diálogo honesto con la mejor ciencia disponible. Tal como nos subraya el reciente documento «Prendersi cura della nostra Casa comune», de la Comisión Teológica Internacional (2026), cuidar la creación no es una actividad añadida ni periférica a la pastoral, sino una exigencia de fe esencial y constitutiva de la misma.
A través del método teológico-pastoral de ver, juzgar y actuar, podemos articular por qué este mensaje es hoy un imperativo moral y de supervivencia:
1. El «ver»: La evidencia científica y el grito de la Tierra
Para que la Iglesia y la sociedad en general puedan ver con rigor, deben internalizar los datos geofísicos y asumir las gafas de la ciencia. El diagnóstico científico advierte que ya hemos transgredido siete de los nueve límites planetarios que garantizan un espacio operativo seguro para la humanidad: el clima es uno de ellos y es fundamental.
En nuestra casa común, y específicamente en el suroeste de Europa y la Península Ibérica, la evidencia empírica del clima constata una alarmante transformación:
Estamos sufriendo un cambio estructural y una redistribución asimétrica de nuestro régimen hidroclimático cuya causa física inmediata es el calentamiento global antropogénico. Esto se manifiesta en una grave paradoja de las lluvias: en las últimas décadas se observa un aumento significativo de los extremos de precipitación (eventos torrenciales) que coexiste con una disminución sistemática de la lluvia ordinaria. La atmósfera, impulsada por el calentamiento, produce menos eventos de lluvia benévola por la pérdida de eficiencia en la saturación, pero acumula tanta energía térmica y humedad sin precedentes que luego se descargan en eventos extremos de una magnitud violenta.
En la vertiente mediterránea (Levante), la precipitación extrema de otoño se ha desvinculado de los típicos procesos atmosféricos de gran escala (por ejemplo, las DANAS), lo que evidencia un régimen gobernado por una peligrosa amplificación regional: un Mediterráneo sobrecalentado, dopado de energía que evapora humedad en volúmenes ingentes.
Paralelamente, se ha constatado un aumento generalizado de las temperaturas máximas y mínimas, con anomalías de calentamiento constantes desde la década de 1980 y un repunte reciente de calentamiento muy rápido que amenaza nuestros ecosistemas.
Los veranos son cada vez más cálidos y más prolongados en un contexto de menos lluvias benévolas: un cóctel ambiental y climático favorable a incendios forestales de magnitudes colosales.
Todo ello, los elementos de la casa común, afecta de manera irremediable la vida de nuestros pueblos y, en particular, a los más vulnerables.
2. El «juzgar»: la Doctrina Social de la Iglesia y el clamor de los pobres
Esta transgresión de los límites biofísicos no es un mero problema técnico, sino la manifestación de una crisis ética, cultural y espiritual. A la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, juzgamos esta realidad asumiendo el principio de la ecología integral: el clamor de la tierra y el clamor de los pobres son un solo e inseparable clamor (Laudato Si’, 49).
Como comunidades cristianas y católicas, y fuertemente inspirados en las enseñanzas de Laudato Si’ (2015) y de manera especial ante la urgencia marcada en Laudate Deum, (2023) afirmamos que la cuestión climática es, ante todo, una cuestión de justicia y de responsabilidad compartida. El deterioro del ambiente afecta de manera directa y desproporcionada a los más débiles y vulnerables.
En España, radiografías sociales como el IX Informe FOESSA demuestran que la pobreza energética se ha cronificado, obligando a miles de hogares excluidos a elegir entre alimentarse y protegerse del frío o de las olas de calor cada vez más extremas.
La reciente encíclica Magnifica Humanitas (2026) del papa León XIV nos advierte sobre los peligros del paradigma tecnocrático: el progreso digital y la inteligencia artificial consumen ingentes cantidades de agua dulce y energía, lo que amenaza la sostenibilidad de la vida si no se orientan al respeto de la dignidad humana y al bien común. El reciente documento de la Comisión Teológica Internacional, ya mencionado, nos invita a entender este deterioro no como una fatalidad, sino como un auténtico pecado social y estructural contra el Creador y la creación.
3. El «actuar»: nuestras exigencias ante la COP31
Por todas estas razones, desde la convicción de fe de que formamos parte de una fraternidad creatural y asumiendo un «antropocentrismo situado», la coherencia nos exige acciones proféticas y concretas.
En nuestra Declaración Conjunta, exigimos a las delegaciones de los gobiernos reunidos en Turquía decisiones vinculantes estructuradas en tres ejes:
- Rendición de cuentas estricta y fin de los combustibles fósiles: Exigimos un calendario vinculante para el abandono definitivo del carbón, el petróleo y el gas, junto con la publicación obligatoria de los inventarios de subsidios públicos a la industria de los combustibles fósiles.
- Transición energética justa y derechos humanos: La electrificación debe ser 100% renovable y descentralizada. Con nuestro mensaje, queremos unirnos firmemente a la voz de la Iglesia en el Sur Global que reclama una transición ecológica integral y justa que no deje a nadie atrás. Además, la extracción de minerales críticos necesarios para la tecnología no debe regirse por un neoextractivismo que arrase con el Sur Global y cree nuevas «zonas de sacrificio».
- Justicia financiera y reparación: Reclamamos un financiamiento público real para la adaptación al cambio climático y para los daños y pérdidas asociados a él, mediante subvenciones y donaciones (no préstamos), la operatividad ágil del Fondo de Pérdidas y Daños, y la condonación de la deuda externa para los países vulnerables.
En definitiva, no podemos separar la defensa incondicional de la vida humana del imperativo de cuidar el ambiente natural que la sostiene. Esta conversión implica, de nuestra parte, revisar profundamente nuestros patrones de consumo y producción —especialmente en el área de la energía— y replantear nuestros estilos de vida para hacerlos más simples, austeros y menos demandantes de los bienes limitados de la Tierra.
La crisis ecosocial demanda de toda la sociedad, y muy especialmente a las comunidades cristianas, una profunda conversión ecológica, una «sobriedad gozosa» y la integración del cuidado de la creación en nuestra propia liturgia y en nuestra gestión diocesana.
Por esto nos unimos y decimos: «el tiempo de los discursos ha terminado»; es hora de actuar con profundo respeto por la dignidad humana, en defensa de la vida y de nuestra casa común, la que Dios Creador no entregó para «cuidar y cultivar» (Gn. 2, 15).


