Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Director del Departamento de Ecología Integral conferencia Espicopal Española
Miembro de la Pontificia Academia para la Vida
Conferencia para el Ciclo de Ateneos de la Universidad Católica de Salta (UCASAL), Argentina
Estimados colegas, autoridades académicas y estudiantes de esta casa de estudios. Es para mí un verdadero honor y una profunda responsabilidad tomar la palabra en este espacio de reflexión interdisciplinar. Nos convoca hoy un tema de urgencia ineludible: la crisis climática antropogénica, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) en las ciencias de la Tierra, y los dilemas éticos y pastorales que esta conjunción nos plantea.
Como expertos en clima y en teología católica, sabemos que no podemos analizar la biósfera sin comprender la antropósfera, ni podemos leer los datos del sistema Tierra sin que estos interroguen nuestra fe. Nos encontramos en un kairós, un tiempo de gracia y urgencia, en el que el objeto de nuestra acción y reflexión académica se ha ampliado irreversiblemente.
Las revoluciones biotecnológicas y digitales avanzan a un ritmo vertiginoso, acelerando una crisis ecológica que amenaza los cimientos geofísicos de nuestra casa común. Por ello, hoy propongo que examinemos las implicancias de la IA para las ciencias de la atmósfera y los océanos, no como un mero hito tecnológico, sino a través del prisma de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) y la ecología integral.
I. De un antropocentrismo despótico (desviado) a un antropocentrismo situado: La comprensión católica de la creación
Para que nuestro análisis tecnocientífico y teológico tenga un rumbo ético, el primer paso en nuestro método teológico-pastoral de ver, juzgar y actuar nos exige revisar nuestras bases antropológicas. La raíz de la actual degradación socioambiental se encuentra, como ha denunciado el magisterio, en el paradigma tecnocrático dominante. Este paradigma se sostiene en un modelo extractivista que asume la Tierra como una reserva inagotable de recursos y opera bajo la peligrosa ilusión de que es posible un desarrollo con crecimiento infinito en un mundo material y biofísicamente finito.
Durante siglos, una interpretación sesgada del mandato bíblico de “dominar la tierra” (Gn 1,28) fomentó una visión del ser humano como dueño absoluto y explotador. Esta concepción, anclada en la lógica cartesiana que prioriza la res cogitans sobre la res extensa, redujo a los seres no humanos a meros objetos de extracción, consumo y descarte. Este antropocentrismo despótico ha sido el motor de una economía que ignora el valor intrínseco de la creación.
Frente a esto, el papa Francisco, en Laudate Deum, nos llama a asumir un antropocentrismo situado (LD 67), reconociendo que la vida humana es “incomprensible e insostenible sin las demás criaturas”. Para fundamentar esta reconfiguración teológica en clave de fe, resulta iluminador el aporte de una relectura ecológica de los fundamentos bíblicos de la teología de la creación. En este aspecto me baso en la monumental obra de David Horrell, The Bible and the Environment (La Biblia y el ambiente, 2010).
Él sugiere que cuando el Génesis declara que la creación es “muy buena” (Gn 1,31), esta bondad no se refiere a una perfección moral abstracta, sino a una funcionalidad armónica; la creación es buena porque es «adecuada para su propósito». Su orden y armonía mutua son lo que permite y sostiene la vida de todos. De aquí emana el principio del valor intrínseco: cada componente del universo tiene un valor propio, querido por Dios, independientemente de su utilidad económica.
Más aún, Horrell nos invita a aprender del libro de Job para lograr el descentramiento del sujeto humano. Al final del relato, Dios no le da a Job una justificación racional de su sufrimiento, sino que le muestra la inmensidad de criaturas salvajes como el Behemot y el Leviatán. Estos seres no poseen utilidad económica para el ser humano, pero Dios los ama, los alimenta y los cuida con una pasión que no toma al hombre como medida única. Esto nos enseña que somos parte integral de una comunidad de la creación, no sus directores generales. Nuestra existencia depende de una profunda interdependencia biológica y ontológica. Aceptar esta fraternidad creatural exige “bajar del pedestal moral” de la autosuficiencia tecnocrática para recuperar el asombro ante la bondad originaria y funcional del planeta.
II. La IA en las ciencias de la atmósfera, océanos y el clima: el nuevo ver científico
Con estas «gafas» de la ecología integral puestas, pasemos al ver científico. Históricamente, el discernimiento eclesial ha mirado los “signos de los tiempos”, pero la crisis climática nos obliga a interpretar también los “signos del lugar”. El ambiente natural ha dejado de ser un escenario pasivo para convertirse en un actor vulnerado. Es aquí donde la IA está revolucionando nuestra capacidad para diagnosticar y modelar el sistema Tierra.
Hasta hace poco, la predicción del clima y del tiempo meteorológico dependía casi exclusivamente de los Modelos de Circulación General (GCM) y de la Predicción Numérica del Tiempo (NWP), que resuelven complejas ecuaciones diferenciales basadas en la física de fluidos y en la termodinámica. Sin embargo, la computación requerida para estas tareas ha alcanzado un techo de escalabilidad y costo. Hoy, las arquitecturas de redes neuronales a gran escala, entrenadas con décadas de datos históricos —como el reanálisis ERA5 del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (ECMWF)— están desplazando estos límites.
En la ciencia atmosférica y meteorológica, modelos basados en IA como GraphCast de Google DeepMind, Pangu-Weather de Huawei o Aurora de Microsoft están superando a los modelos tradicionales en rapidez y precisión. Estos modelos no deducen predicciones a partir de las leyes físicas, sino que “aprenden” patrones estadísticos a partir de los datos. El resultado es asombroso: pronósticos globales a 10 días que antes tomaban horas en supercomputadoras, hoy se generan en menos de un minuto en hardware comercial. En la reciente temporada de huracanes, herramientas impulsadas por IA lograron proyectar con altísima precisión las trayectorias e intensidades de ciclones de categoría 5 con una antelación que salvó vidas, demostrando su enorme valor para los sistemas de alerta temprana.
En la oceanografía y las ciencias del mar, la transformación no es menor. Los océanos absorben más del 90% del exceso de calor atrapado por los gases de efecto invernadero. Monitorear su dinámica es vital, pero la observación directa está limitada geográficamente. Mediante el uso de IA profunda aplicada a imágenes térmicas satelitales, sistemas como GOFLOW pueden trazar mapas de las corrientes oceánicas con una resolución de kilómetros por hora. Estas corrientes —remolinos y filamentos a submesoescala— son esenciales porque impulsan la mezcla vertical que transporta nutrientes para los ecosistemas y bombea el CO2 desde la superficie hacia el fondo del mar.
Asimismo, la IA se emplea para abordar los daños colaterales de la acumulación de CO2: la acidificación de los océanos. La IA nos permite predecir y validar variaciones de pH utilizando datos satelitales y algoritmos de aprendizaje automático (como la Regresión Lineal Escalonada), generando mapas globales en 3D que son fundamentales para la gestión sostenible de las pesquerías y la preservación de los ecosistemas marinos vulnerables.
En el ámbito de la ciencia climática y las proyecciones a largo plazo, estamos presenciando el auge de los modelos híbridos (Física + IA). Puesto que los modelos puramente estadísticos (cajas negras) carecen de las restricciones físicas necesarias para extrapolar a un clima futuro sin análogos históricos, la comunidad científica está integrando redes neuronales dentro de los GCM convencionales. Esta hibridación permite parametrizar con altísima fidelidad procesos de subescala como la formación de nubes o la convección, reduciendo drásticamente los costos computacionales y mejorando la predicción regional (downscaling) de eventos extremos. Incluso, técnicas de “deep learning” están mostrando resultados prometedores para predecir eventos como El Niño-Oscilación del Sur (ENSO) superando la famosa “barrera de predicibilidad de primavera”, extendiendo las previsiones precisas a más de un año de antelación.
III. El riesgo del paradigma tecnocrático: la materialidad de la IA y la lógica extractivista
Toda esta capacidad analítica podría sugerir que la IA es la “solución” definitiva a nuestra crisis climática. No obstante, nuestro juzgar teológico-pastoral nos advierte que confiar ciegamente en la IA sin modificar nuestros patrones éticos de consumo y desarrollo nos ancla en el mismo paradigma tecnocrático causante de la crisis. La inteligencia artificial corre el grave riesgo de caer en la misma lógica extractivista de desarrollo con crecimiento infinito en un mundo finito.
Existe una ilusión muy extendida promovida por la metáfora de la “nube”. Pensamos en la digitalización como un proceso inmaterial e inocuo, pero la realidad biofísica es que la IA es vorazmente material y, en su trayectoria actual, insostenible. El entrenamiento y la operación continua de los sistemas de IA exigen una capacidad de cómputo astronómica que dispara la demanda eléctrica anual a niveles comparables con el consumo de países enteros. A nivel mundial, se estima que el consumo de energía de los centros de datos pasará de los 400 Teravatios-hora (TWh) registrados en 2020 a entre 1.250 y 1.500 TWh para el año 2030 (Shift Project, 2025, como se citó en Noti AI, 2025).
Este inmenso requerimiento energético amenaza directamente nuestros objetivos de mitigación climática. Los informes científicos recientes advierten que la huella de carbono global de los centros de datos podría cuadruplicarse para 2030, pasando de 250 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono equivalente (MtCO₂e) a casi 920 MtCO₂e anuales (Shift Project, 2025, como se citó en Noti AI, 2025). Específicamente, el consumo derivado de las cargas de trabajo de IA podría alcanzar pronto los 79,7 millones de toneladas de CO₂, un volumen equivalente a las emisiones anuales de una metrópoli como Nueva York (de Vries-Gao, 2026). Esta trayectoria socava gravemente los compromisos de neutralidad si la red eléctrica no se descarboniza a un ritmo acelerado.
Pero el impacto no se detiene en la huella de carbono. Los inmensos centros de datos que albergan los servidores de IA consumen cantidades masivas de agua dulce para sus sistemas de refrigeración. En un mundo donde el “uso de agua dulce” es uno de los nueve límites planetarios que la humanidad ya ha transgredido de manera crítica, el despliegue irrestricto de la IA compite directamente por el estrés hídrico con el consumo humano y agrícola, particularmente en zonas vulnerables.
Para dimensionar el problema: el entrenamiento de un solo modelo de lenguaje de gran escala puede llegar a consumir entre 500.000 y 1 millón de litros de agua (Li et al., 2023, como se citó en Ramírez Chávez & Litardo Caicedo, 2025). Y el costo hídrico continúa en su fase de uso: una simple sesión de inferencia, es decir, una conversación con la IA de entre 20 y 50 preguntas, consume medio litro de agua (Etica Sgr, 2024). A escala global, este consumo desmedido presiona los recursos hídricos en un escenario en el que las Naciones Unidas advierten que para 2025 unos 1.800 millones de personas vivirán en áreas con escasez absoluta de agua (Naciones Unidas, 2023, como se citó en Ramírez Chávez & Litardo Caicedo, 2025).
Esta voracidad hídrica y energética tiene impactos territoriales directos, configurando una nueva forma de neoextractivismo digital. Vemos cómo corporaciones instalan sus servidores en zonas que ya padecen un grave estrés hídrico. Por ejemplo, en el estado de Virginia, el agua necesaria para enfriar los centros de datos aumentó un 65% en solo cuatro años (Etica Sgr, 2024), y en The Dalles, Oregón, un centro de datos consumió más de 1.200 millones de litros de agua al año en medio de una sequía local (The New York Times, 2022, como se citó en Ramírez Chávez & Litardo Caicedo, 2025).
La situación es sumamente dramática en el Sur Global, hacia donde la industria a menudo se desplaza en busca de energía y agua más baratas o de normativas ambientales menos estrictas. En Chile, un país que atraviesa una megasequía histórica de más de una década (Álvarez Pinilla & Lioi Pérez, 2025), la proliferación de centros de datos en comunas de la Región Metropolitana ha desatado intensos conflictos socioambientales con las comunidades (Ramírez Chávez & Litardo Caicedo, 2025). Megaproyectos tecnológicos, como los instalados en Cerrillos y Quilicura, han amenazado la recuperación de reservas vitales, como el Acuífero Santiago Central, que ya se encontraba declarado zona de restricción y prohibición de nuevas extracciones (Álvarez Pinilla & Lioi Pérez, 2025). Exportar la huella ecológica de la digitalización hacia América Latina, África o Asia, creando nuevas zonas de sacrificio, viola directamente el principio de justicia ambiental y la opción preferencial por los pobres que nos exige la Doctrina Social (Agosta Scarel, 2026; Ramírez Chávez & Litardo Caicedo, 2025).
A esto se suma la exigencia del hardware físico. La construcción de unidades de procesamiento (GPUs) depende de una minería intensiva de minerales críticos en países del sur, y el frenético ciclo de innovación de la IA produce una rápida obsolescencia que inunda los vertederos con basura electrónica y metales pesados (Agosta Scarel, 2026).
En definitiva, la ecología integral nos exige ver que la IA, con su actual modelo de negocio, opera con la misma lógica extractivista que desprecia a la Tierra. Sin una estricta regulación, sin exigir transparencia absoluta en los reportes de las corporaciones —considerando que hoy en día solo el 39% de los centros de datos monitoriza su consumo de agua (Uptime Institute, 2023, como se citó en Etica Sgr, 2024)—, y sin rediseñar la infraestructura hacia la sobriedad, la Inteligencia Artificial no será nuestra salvadora climática, sino un inmenso acelerador del colapso de los límites planetarios (Galaz & Schewenius, 2025, como se citó en Agosta Scarel, 2026)
IV. La degradación del trabajo humano y la «cultura del descarte»
La ecología integral nos enseña que «todo está conectado» (LS 139). La crisis ambiental y la crisis social son dos caras de una misma moneda. Por ende, la IA no solo presiona los ecosistemas naturales, sino que traslada esta misma lógica de maximización y extracción al mercado laboral, amenazando la dignidad del ser humano, que es el centro de la creación y llamado a participar en ella a través de su trabajo (cf. Laborem Exercens 9).
La irrupción de la IA generativa y la automatización avanzada están alterando cualitativamente el empleo. Tradicionalmente, la innovación tecnológica reemplazaba labores mecánicas, pero hoy la IA está automatizando funciones cognitivas y analíticas. Como advierten investigadores recientes en economía y sociología, existe un grave riesgo de sesgo contra la antigüedad laboral debido a la destrucción de los puestos de entrada (entry-level jobs). Estos puestos, que históricamente ocupaban los jóvenes para aprender oficios técnicos y analíticos, están siendo delegados a los algoritmos. Al cortar este peldaño de la escalera, se rompe el ciclo generacional de aprendizaje, lo que obstaculiza la movilidad social intergeneracional.
Las corporaciones maximizan sus beneficios económicos (el capital), desplazando la mano de obra humana y fabricando lo que los estudios éticos ya catalogan como «sobrantes humanos». Esta dinámica consolida en nuestra sociedad la cultura del descarte, así como el paradigma tecnocrático, que considera ineficiente a la naturaleza y obsoleto al trabajador. De esta forma, la IA agudiza la polarización: una pequeña élite tecnológica hiperremunerada y una vasta mayoría desplazada, marginada y precarizada.
Nuestra pastoral social nos obliga a denunciar que cualquier tecnología que automatice la exclusión constituye una transgresión de la inalienable dignidad humana. La tecnología no debe ser un fin en sí misma, orientada solo a reducir costos corporativos; debe diseñarse para complementar al trabajador y potenciar su creatividad. Si los algoritmos reemplazan a las personas por puro lucro inmediato, la crisis socioambiental solo se agravará.
V. Ética, equidad y gobernanza en la era algorítmica
Los dilemas de la IA se extienden también al campo de la propia investigación climática, manifestándose como un desafío de equidad y justicia epistémica. Sabemos que los modelos de inteligencia artificial aprenden a partir de los datos que se les proporcionan. Sin embargo, la calidad y la densidad de los datos meteorológicos, oceánicos y climáticos son infinitamente superiores en el Norte Global (Europa y Norteamérica) que en el Sur Global. Una elección de diseño algorítmico aparentemente apolítica puede dar lugar a modelos altamente precisos para predecir tormentas en Nueva York, pero que subestiman críticamente el riesgo de inundaciones o sequías en comunidades rurales de América Latina, el Caribe o África subsahariana.
La IA hereda y, en ocasiones, exacerba los sesgos estructurales de nuestros sistemas de recolección de datos. Al carecer de un razonamiento físico o empático propio, los modelos de aprendizaje automático priorizan los patrones estadísticamente dominantes, invisibilizando realidades marginadas y marginando la sabiduría ancestral y el conocimiento local de las comunidades vulnerables, que a menudo son las más afectadas por el cambio climático.
Por ello, como académicos, debemos exigir una gobernanza ética de la técnica. Los modelos no pueden ser «cajas negras» inescrutables cuyas inferencias decidamos acatar sin crítica humana. Necesitamos que la IA Climática transite hacia modelos interpretables y explicables, donde los expertos puedan validar físicamente el comportamiento del algoritmo, detectando anomalías, sesgos geográficos o limitaciones de generalización fuera de los patrones históricos (distribuciones nuevas generadas precisamente por el avance del cambio climático, que rompe precedentes).
Debemos establecer criterios multilaterales vinculantes que rijan el desarrollo de la IA. El diseño de algoritmos, tanto en el sector laboral como en la modelización climática, debe salvaguardar dimensiones esenciales que la máquina jamás podrá replicar: el juicio moral, la empatía, la fraternidad y la responsabilidad política frente al bien común.
Conclusión: La transición energética justa y la eucaristía cósmica
Al situar esta revolución tecnológica en el tapete de la ecología integral, llegamos a una conclusión clara en el momento de nuestro actuar teológico-pastoral: la ciencia computacional y climática expone la magnitud biofísica de nuestras transgresiones, y la fe nos exige una respuesta compasiva, comunitaria y solidaria. La urgencia nos llama a promover una transición energética (y digital) justa sin demora. Esta transición debe erradicar la dependencia de los combustibles fósiles, pero prestando estricta atención para no repetir esquemas neocoloniales con la demanda desmesurada de recursos —minerales y agua— que exige el mundo digital.
El papa Francisco ha sido claro: como civilización, debemos «aminorar la marcha». La sobriedad no debe entenderse como escasez castigadora, sino como una liberación urgente frente a la voracidad de un modelo tecnoeconómico insostenible. Para garantizar que nuestra tecnología no socave a la humanidad, necesitamos recuperar la contemplación y valorar el sabbath rest (el descanso sabatino) de la Tierra, reconociendo que todo desarrollo genuino cuida la red de vida a la que pertenecemos.
La pastoral social de la Iglesia, y en especial dentro de una universidad católica, tiene el imperativo de educar una ciudadanía ecológica crítica y profética. No basta con adaptar las redes eléctricas a paneles solares ni con afinar un modelo predictivo. Nuestras instituciones, desde esta Universidad hasta los foros globales, deben practicar la coherencia y promover comunidades en las que la economía esté al servicio del cuidado. Nuestra praxis ecológica encuentra su mayor sentido en la liturgia y la Eucaristía, donde el cosmos entero es ofrecido en los dones del pan de vida y el vino de salvación, frutos de la Tierra y del trabajo humano, que son asumidos y transformados por el amor del Creador, lo cual recuerda que la materia, el mundo material, está lejos de ser un desecho inerte.
La ciencia nos entrega evidencia empírica rigurosa: hemos cruzado los límites de seguridad de nuestra atmósfera y de nuestros océanos. La inteligencia artificial actúa como un espejo hiperpotenciado de nuestro genio, pero también de nuestras más hondas injusticias y falencias sistémicas. La fe cristiana nos otorga el sentido, la vocación y la pasión moral para reconducir estas formidables herramientas. Es nuestro deber ineludible transitar de una economía de extracción violenta hacia una civilización solidaria; debemos pasar, en definitiva, de la era del extractivismo a la experiencia de la comunión y la sosegada sobriedad.
Referencias
- Agosta Scarel, Eduardo Andrés. (2025). «Ecología integral: avances y estancamientos». Pliego Vida Nueva
- Dicasterio para la Doctrina de la Fe. (2024). Declaración Dignitas Infinita sobre la dignidad humana
- Francisco. (2015). Laudato Si’ y (2023) Laudate Deum
- Galaz, V. and M. Schewenius (eds). (2025). AI for a Planet Under Pressure. Stockholm Resilience Centre
- Gupta, J. et al. (2025). «Thresholds of significant harm at global level». Earth System Governance
- Horrell, David G. (2010). The Bible and the Environment. Londres: Equinox
- PASS. (2025). «Digital Rerum Novarum: Artificial Intelligence for Peace and Social Justice». Pontifical Academy of Social Sciences
- Richardson, K. et al. (2023). «Earth beyond six of nine planetary boundaries». Science Advances

