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Los obispos del País Vasco y Navarra: «No necesitamos ser populares sino fieles»

REVISTA ECCLESIA: Cinco años después, los obispos del País Vasco y Navarra publican una nueva carta pastoral conjunta para la Cuaresma y la Pascua. Un texto sugerente con el título El contraste paciente. Repensando la relación Iglesia-Mundo, en el que invitan a una presencia cristiana renovada en la sociedad de hoy. Una presencia que es más pequeña, pero que debe ser coherente. Con raíces profundas y alejada de las modas.

La carta, que está enriquecida con numerosas citas de los papas Francisco y Benedicto XVI, pone como ejemplo a los primeros cristianos sobre su modo de estar en el mundo, caracterizado fundamentalmente por la paciencia. «No era simple resignación o pasividad, sino una actitud vital que reflejaba su comprensión de un Dios que actúa con mansedumbre y respeta los ritmos de la historia humana. Se manifestaba en múltiples aspectos: en su modo de crecer como comunidad sin forzar conversiones, en su manera de responsar a la persecución sin buscar represalias, en la formación pausada de nuevos creyentes a través de catecumenado, en sus prácticas de culto que forjaban identidad renovadas, y en su disposición a testimoniar la fe más con el ejemplo que con las palabras».

De hecho, desde el inicio del documento, aparece una tónica general, ya recogida por Lactancio —«la religión debe ser defendida, no matando, sino muriendo; no con sevicia, sino con paciencia; no con maldad, sino con fe»— y que Benedicto XVI tradujo con su: «La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción».

Con todo, y ante una sociedad que se ha secularizado, los obispos señalan algunas claves para la renovación de la presencia de los cristianos. Por ejemplo, es importante reforzar la comunidad y su identidad, pero no para defenderse, sino para hacer una aportación a la sociedad.

Recogiendo palabras del cardenal Ratzinger, apuestan por una Iglesia más pequeña, pero más auténtica, sin privilegios del pasado. «La Iglesia del futuro no necesita adaptarse superficialmente a las modas culturales, sino mantener su identidad evangélica con fidelidad creativa, confiando en que precisamente esta autenticidad la convertirá en faro de esperanza para un mundo necesitado de trascendencia», añaden.

También subrayan la necesidad de acoger a todos o de que la cruz sea realmente una fuerza transformadora, que abraza la vulnerabilidad y ofrece el perdón, pero también hace que se evite la identificación con el mundo y se priorice la fidelidad al Evangelio. La unidad y la alegría son las otras claves que proponen para la Iglesia del futuro.

Hecha esta reflexión, los obispos ofrecen unas notas para una conversión pastoral y misionera, que no dejan de ser una propuesta de Iglesia para el mundo de hoy.

Iglesia que vive en confianza

«Tenemos motivos para confiar. No en nuestras fuerzas o planes, sino en la fidelidad de Dios que no abandona a su pueblo. El mismo Señor que transformó el fracaso aparente del Calvario en la victoria de la Pascua sigue actuando hoy».

Iglesia que cultiva al experiencia de fe

«En una cultura marcada por el activismo y la búsqueda de entretenimiento superficial, el testimonio de una fe profundamente vivida resulta especialmente significativo. No se trata solo de hacer cosas, sino de dejar que Dios se vaya haciendo».

Iglesia que genera confianza

«La confianza no se exige ni se impone: se gana día a día con un testimonio coherente y una vida comunitaria que refleje genuinamente el amor de Cristo».

Iglesia que camina en humildad

«La humildad es, ante todo, libertad: libertad para poder caminar en la verdad; libertad para reconocer errores sin sentirnos amenazados; libertad para admitir que el camino de conversión es largo y que no avanzaremos sin pedir con insistencia la ayuda de la gracia; libertad para no aparentar una perfección que no poseemos; libertad para el diálogo con el mundo, con mayor capacidad de escuchar y aprender».

Iglesia que busca su orientación en la Palabra

«Las comunidades cristianas contrastan constantemente su vida con la Palabra, encontrando en ella luz para el discernimiento y guía en sus decisiones. No es una referencia más entre otras, sino la orientación primaria que ilumina todo nuestro caminar como Iglesia».

Iglesia que ese alimenta de la Eucaristía

«La espiritualidad no es un añadido opcional: es el núcleo vital de nuestra fe. En un mundo marcado por el activismo y la dispersión necesitamos anclar nuestra vida en lo esencial. La oración diaria, aunque sea breve, nos mantiene conectados con nuestra identidad cristiana. Pero es en la Eucaristía dominical donde nuestra vida espiritual alcanza su expresión más plena y transformadora».

Iglesia que se resiste a la mundanidad

«El antídoto es siempre volver a lo esencial: la centralidad de Cristo crucificado y resucitado. Una Iglesia arraigada en esta verdad puede resistir la tentación de diluirse en la cultura dominante. No necesitamos ser populares, sino fieles. Y es esa fidelidad, vivida con autenticidad y amor, la que hace nuestro testimonio significativo en un mundo que necesita oír hablar de Dios».

Iglesia que supera el acomplejamiento

«Es hora de superar los complejos y asumir con naturalidad nuestra identidad cristiana. No para imponerla a nadie, sino para compartirla como lo que es: un don que hemos recibido y que queremos ofrecer a quienes buscan un sentido más profundo para sus vidas»

Iglesia que asume y desarrolla su dimensión sinodal

«Una Iglesia sinodal escucha antes de hablar, dialoga en vez de imponer y, sin renunciar a su identidad y credo específicos, discierne en comunidad los caminos del Espíritu».

Iglesia que construye fraternidad desde lo márgenes

«Más allá de las acciones puntuales necesitamos cultivar una sensibilidad permanente que nos permita ver en cada persona necesitada el rostro mismo de Cristo que nos interpela y nos llama a la conversión. Solo así podremos crear alternativas, pequeñas pero significativas, que den esperanza a quienes se sienten solos y abandonados».

Iglesia con un laicado que evangeliza

«El futuro de la evangelización pasa por redescubrir esta vocación misionera del laicado. No como una tarea más, sino como una dimensión natural de la identidad cristiana vivi-da en medio del mundo».

Iglesia que prioriza el primer anuncio

«Esta prioridad debe reflejarse en la distribución de recursos humanos y materiales. Nuestras Iglesias diocesanas necesitan impulsar iniciativas específicas que faciliten el encuentro con Cristo. El catecumenado y la formación sistemática vendrán después para desarrollar un estilo de vida cristiano arraigado y coherente. La experiencia muestra que los grupos y comunidades que priorizan comunicar su fe recuperan la alegría del Evangelio y atraen naturalmente a otros».

Iglesia que anima a vivir y a transmitir la fe en la familia

«Los padres y madres cristianos necesitan redescubrir su papel como primeros evangelizadores. No están solos: la comunidad eclesial debe acompañarlos, proporcionando el contexto donde las prácticas y valores familiares cristianos cobran su sentido, pueden sostenerse y desarrollarse».

Iglesia que acoge a fuertes y débiles en la fe

«La parroquia católica nunca se ha basado en la fuerte afinidad de un grupo selecto, sino en un umbral de adhesión no excluyente. Esta apertura genera una comunidad de sujetos diferentes, con distintos niveles de compromiso. Aunque el núcleo de la comunidad creyente se construya sobre un catecumenado exigente, la Iglesia ha de estar abierta a diversos grados de identificación».

Iglesia que promueve la paz social y entre los pueblos

«La Iglesia demuestra con su testimonio que es posible mantener convicciones firmes sin caer en el fundamentalismo, defender la verdad sin menospreciar al diferente y buscar la justicia sin alimentar el conflicto. En un mundo donde las fracturas sociales se profundizan este testimonio de reconciliación y paz resulta más necesario que nunca».

Puedes descargar la carta completa aquí