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Donde la Pastoral Social y la Ciencia se encuentran

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral
  • Tiempo de lectura:19 minutos de lectura

Pbro. Dr. Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.
Conferencia basada en el artículo preparado para el Congreso Internacional sobre Ecología Humana de la UPSA: Agosta Scarel, E.A. (2026). Ecología integral: donde la pastoral y la ciencia se encuentran. En: Ecología Humana. Habitar como cuidado del medio ambiente y de las relaciones. Ed. Sindéresis, Salamanca (en prensa).

INTRODUCCIÓN 

De la «Rerum Novarum» industrial a la digital

Muy buenas tardes a todos los presentes. Es para mí un motivo de profunda alegría y, a la vez, de una enorme responsabilidad, compartir esta reflexión con ustedes en un momento de la historia que solo puedo calificar como un kairós: un tiempo de gracia, una oportunidad única, pero también un tiempo de máxima urgencia. Estamos celebrando el décimo aniversario de la encíclica Laudato Si’. En esta primera década de la encíclica, hemos aprendido en la Iglesia que este documento no fue una «encíclica verde” sobre el cuidado de los paisajes o las especies en peligro de extinción, sino que se ha revelado como una brújula social imprescindible para un mundo que, a menudo, parece haber perdido el rumbo ético.

Permítanme comenzar con una definición que es el cimiento de todo lo que diré hoy: ¿Qué entendemos hoy por pastoral social? No es un apéndice de la estructura eclesial, no es una “gestoría de ayuda” ni una ONG interna con sello religioso. La pastoral social es, en su esencia, el anuncio del Reino de Dios traducido en la promoción efectiva de la justicia, la paz y la caridad en las estructuras mismas de la convivencia humana. Durante más de un siglo, desde León XIII, la pastoral social se centró con gran acierto en las relaciones interpersonales y en las estructuras visibles: por ejemplo, el trabajo —para conseguir un salario justo—, la participación democrática, la paz entre las naciones enfrentadas, la educación y la familia. Pero hoy, en el corazón del siglo XXI, el concepto de «prójimo» ha dado un salto cualitativo. Ya no es posible cuidar al pobre sin cuidar el agua que este bebe; no podemos defender los derechos del trabajador sin defender la estabilidad del clima que permite que su tierra sea fértil y su salud sea preservada.

Recientemente, la Pontificia Academia de Ciencias Sociales (PASS 2025) ha publicado un manifiesto en un significativo congreso internacional que debe resonar en nosotros con fuerza: «Digital Rerum Novarum» (de las cosas nuevas digitales): a 10 años de Laudato Si’ estamos viviendo una era de dominio digital. 

Detengámonos un segundo en la profundidad de esta analogía. En 1891, el papa León XIII escuchó el grito de los obreros que estaban siendo aplastados por los engranajes de la primera revolución industrial. Hoy, la Iglesia, guiada por la visión del papa León XIV —que va trazando camino en las huellas dejadas por el papa Francisco, Benedicto XVI y san Juan Pablo II, y secundada por la reflexión académica y científica—, debe responder al grito de una humanidad que se siente, de nuevo, desbordada: esta vez por la crisis ecológica, climática, y por la irrupción vertiginosa de la inteligencia artificial.

El título de mi intervención plantea una tesis que quiero demostrar: el lugar de encuentro entre la pastoral social y la ciencia es la ecología integral tal como la describe la Doctrina Social. La ciencia nos proporciona el «límite” físico, nos dice hasta dónde puede estirarse la cuerda antes de romperse; por su parte, la fe nos otorga el «sentido», el «porqué” de detenernos y cuidar. Sin la precisión de la ciencia, nuestra pastoral corre el riesgo de ser ingenua o puramente sentimental; pero sin el horizonte de la fe, la ciencia puede volverse fría, tecnocrática y, en última instancia, cruel. Les propongo, pues, recorrer este camino de encuentro a través del método que el Concilio Vaticano II nos legó para dialogar con el mundo: ver, juzgar y ctuar.

Parte I: el «ver» – las gafas de la ciencia y los signos del lugar 

El primer paso de cualquier discernimiento cristiano es la honestidad radical. Para actuar en el mundo, primero debemos «verlo» tal cual es, sin anestesia y sin las anteojeras de las ideologías. Y para ver la realidad del siglo XXI, la Iglesia está llamada a ponerse las «gafas de la ciencia». Solo así podemos comprender la magnitud del desafío que Dios pone ante nosotros.

1.1. De los signos de los tiempos a los signos del lugar

Históricamente, la teología nos ha enseñado a escrutar los «signos de los tiempos», es decir, a buscar la voluntad de Dios en los acontecimientos históricos. Sin embargo, la ciencia contemporánea del Sistema Tierra nos ha enseñado algo que cambia nuestra percepción de la historia: el tiempo y el espacio no son dimensiones separadas. Vivimos en una unidad física llamada el espaciotiempo. Por esta razón, la pastoral social debe incorporar hoy, con urgencia, el análisis de los «signos del lugar».

Vuelvan conmigo a la imagen que el papa Francisco nos presenta en Laudate Deum: la casa común se está desmoronando. Imaginemos la casa donde crecimos, esa que guarda nuestros recuerdos más sagrados. De pronto, vemos que los muros empiezan a agrietarse. Al principio intentamos ignorarlo; pensamos que era solo una mancha de humedad o de pintura vieja. Pero llega un arquitecto, un experto, y nos da un diagnóstico que nos hiela la sangre: «No es la pintura, son los cimientos los que están cediendo». Eso es, exactamente, lo que la ciencia le dice hoy a la Iglesia y a la humanidad entera. El ambiente natural ya no es un escenario pasivo, un «decorado» estático donde el ser humano escribe su historia. Es un actor vulnerado, herido, que hoy condiciona nuestra propia supervivencia. La estabilidad del Holoceno -esos 10.000 años de equilibrio que permitieron el nacimiento de la agricultura, de las ciudades y de la civilización misma— ha terminado. Hemos entrado en el Antropoceno: una era en la que la actividad humana ha alterado la geofísica misma del planeta.

1.2. Los límites planetarios: El techo de la vida

¿Cómo sabemos, con certeza científica, que los cimientos están cediendo? Aquí es donde el diálogo con la ciencia se vuelve dramático pero necesario. Numerosos científicos, entre ellos investigadores como Richardson y Rockström (2023), han identificado los procesos biofísicos que son los reguladores maestros de la vida en la Tierra. Ellos los llaman límites planetarios. Son nueve líneas rojas que garantizan que el planeta siga siendo habitable para nosotros.

A día de hoy, los datos son contundentes: la humanidad ya ha transgredido siete de esos nueve límites. Hemos roto el equilibrio del clima; hemos fracturado la integridad de la biosfera con la pérdida masiva de especies; hemos alterado el sistema de tierras mediante la deforestación; hemos saturado los ciclos del nitrógeno y el fósforo; hemos agotado el agua dulce y hemos contaminado el mundo con una masa ingente de químicos sintéticos y plásticos. No estamos ante una crisis que pueda «maquillarse» con pequeñas reformas cosméticas. Estamos operando fuera del espacio de seguridad que Dios creó para la vida.

Pero hay avances científicos recientes que conectan este “ver” con el corazón de nuestra pastoral social. La investigación de la Earth Commission, liderada por Gupta y otros (2025), ha introducido una distinción vital: no basta con que un límite sea «seguro» desde el punto de vista físico; también debe ser «justo». Un límite biofísico puede ser seguro para la estabilidad global del planeta pero permitir un nivel de degradación que genere un daño significativo (harm) a las personas más vulnerables. Por ejemplo, un aumento de temperatura que el sistema planetario pueda soportar sin colapsar de inmediato puede ser el mismo aumento que destruya las cosechas de millones de campesinos en el Sahel o que inunde definitivamente las viviendas de los pobres en las periferias costeras del sudeste asiático. Por lo tanto, el «ver» científico nos revela hoy que cada vez que transgredimos un límite planetario, estamos cometiendo una injusticia social masiva.

1.3. Eslabón: La materialidad de la Inteligencia Artificial

Y aquí es donde debemos insertar el primer eslabón que une la ecología con la nueva era tecnológica. A menudo se nos presenta la inteligencia artificial como algo «inmaterial», algo que vive en «la nube», casi como una entidad espiritual y pura que no toca la tierra. Pero las «gafas de la ciencia» (Galaz et al. 2025) nos devuelven a la realidad: la IA es profundamente material y tiene una sed insaciable de recursos.

El entrenamiento de un solo modelo de lenguaje a gran escala consume tanta energía y emite tanto carbono como cinco automóviles a lo largo de toda su vida útil. Pero hay más: los centros de datos que alimentan esta tecnología consumen cantidades astronómicas de agua dulce para enfriar sus servidores, y a menudo lo hacen en regiones que ya sufren estrés hídrico, compitiendo directamente con el agua que las comunidades necesitan para beber o para sus cultivos. Además, el hardware que sostiene este progreso —los chips, las baterías, los procesadores— exige un extractivismo feroz de minerales críticos en el sur global. La IA, en su configuración actual, no está ayudando a mitigar la presión sobre el planeta; al contrario, actúa como un acelerador del Antropoceno, empujando esos límites planetarios hacia el punto de quiebre.

Parte II: el «juzgar» – hacia un antropocentrismo situado

Ante este panorama de cimientos que ceden y tecnologías que aceleran el desgaste de la Tierra, ¿cómo debemos juzgar la realidad desde nuestra fe y desde la Doctrina Social? El diagnóstico de la ciencia es tan grave que nos obliga a una profunda reforma de nuestra propia teología. No podemos seguir enseñando -y mucho menos practicando- una fe que vea al ser humano como el dueño absoluto y despótico de un almacén llamado “naturaleza”.

2.1. La bondad de la creación: «apta para su propósito»

Para juzgar con sabiduría, debemos recuperar el sentido bíblico de la creación. En el libro del Génesis, Dios declara siete veces que lo que ha hecho es «bueno» y, al final, afirma que el conjunto es «muy bueno». Durante siglos, hemos leído esa bondad como una categoría puramente estética o moral. Pero biblistas del presente siglo, que han releído la Biblia en clave ecológica, como David Horrell, nos ofrecen una clave exegética fundamental: en el contexto hebreo original, que algo sea bueno significa que es «adecuado para su propósito».

La creación es buena porque su armonía funcional —la red de biodiversidad, el ciclo del agua, la composición del aire— es lo que posibilita y sostiene la vida. Por lo tanto, cuando nuestra economía o nuestra técnica destruye un ecosistema o provoca la extinción de una especie, no solo estamos cometiendo un error ecológico; también estamos destruyendo la bondad funcional que Dios pensó. Estamos rompiendo el mecanismo sagrado que permite que la vida florezca. Al juzgar la crisis, debemos afirmar que cada criatura posee un valor intrínseco, no porque nos resulte útil para el mercado, sino porque es querida por Dios en su ser propio, tal como es.

2.2. El descentramiento de Job y el pedestal moral

Para entrar en este juicio de ecología integral, el papa Francisco nos ha pedido un gesto de humildad radical: debemos «bajar del pedestal moral». Esta expresión no es solo una invitación a la modestia; es una exigencia de la realidad. En este aspecto, el biblista David Horrell nos pone frente al libro de Job, específicamente ante esos capítulos finales en los que Dios finalmente habla. ¿Y qué le dice Dios a Job? No le da una explicación sobre el sufrimiento humano; lo que hace es «descentrar» a Job.

Dios le muestra a Job la inmensidad de las criaturas salvajes: el Leviatán, el Behemot, el águila que anida en las rocas (Job 40,15-41) … criaturas que no le sirven para nada al ser humano, que no tienen utilidad económica, pero que Dios ama, alimenta y cuida con una pasión que no toma al hombre como medida única. Este juicio teológico nos enseña que somos parte de una comunidad de la creación, no sus directores generales. Nuestra dignidad única como seres humanos no nos pone «fuera» de la red de la vida, sino que nos otorga la responsabilidad de ser sus custodios. Somos el “instrumento” de Dios para el cuidado, no el «fin» al que todo lo demás deba ser sacrificado.

2.3. Eslabón: la misma lógica que descarta la tierra, descarta al trabajador

Esta misma arrogancia tecnocrática que ignora los límites de la biodiversidad y la bondad de las especies es la que debemos juzgar ahora en el ámbito social de la inteligencia artificial. No son dos problemas distintos; es la misma lógica.

La ciencia social más reciente (Hosseini Maasoum, 2025) advierte sobre un fenómeno preocupante en el mercado laboral: el «sesgo de antigüedad» inducido por la IA generativa. Las empresas están empezando a eliminar los puestos de trabajo de entrada, que tradicionalmente ocupaban los jóvenes recién graduados, porque un algoritmo puede realizar esas tareas iniciales de forma más barata. ¿Cuál es la consecuencia? Que estamos rompiendo el ciclo generacional de la experiencia y el aprendizaje. Estamos creando una barrera insalvable para las nuevas generaciones.

Aquí es donde la Doctrina Social de la Iglesia debe elevar su voz con toda su fuerza. Un progreso tecnológico que genera excedentes financieros a costa de crear «sobrantes humanos” no es progreso, es pecado estructural. El seminario de la PASS (2025) sobre la Digital Rerum Novarum fue tajante: la tecnología debe ser concebida como un medio para ampliar nuestra capacidad creativa, no para suprimirla; debe servir para mejorar la calidad del trabajo humano, no para degradarlo. La misma lógica de la «cultura del descarte», que dice «este bosque no sirve, tálenlo», es la que hoy dice «este joven sin experiencia o este trabajador de 55 años ya no me sirven, que los reemplace un código». El juicio de la ecología integral nos dice que la dignidad del trabajo es inseparable de la integridad del planeta.

Parte III: la transición energética justa (tej)

Si nuestro diagnóstico nos dice que los cimientos de la casa están cedidos (ver) y nuestro juicio nos revela que hemos caído en un antropocentrismo despótico y excluyente (juzgar), el paso lógico para actuar es cambiar el motor que mueve nuestra civilización. No podemos pretender construir una civilización del cuidado y de la comunión con el combustible de la extracción y el despojo.

3.1. Del carbono a la comunión

Los combustibles fósiles —el petróleo, el carbón y el gas— son mucho más que fuentes de energía. Es la cadena física que nos ata al paradigma tecnocrático. Durante un siglo, nos permitieron creer en la fantasía del crecimiento infinito en un planeta finito. Pero hoy, esa energía es la que está rompiendo los límites planetarios. Por eso, el papa Francisco, en una frase que debemos tomar como mandato pastoral, exige su reemplazo «sin demora» (LS 165).

Fíjense bien en el matiz: no es una sugerencia técnica para que los ingenieros la resuelvan en el próximo siglo. Es un imperativo moral para hoy. ¿Por qué? Porque cada décima de grado de temperatura que sube debido a las emisiones de carbono es un golpe directo al rostro de los más pobres. La fe no puede ser indiferente ante el tipo de energía que mueve el mundo, porque si esa energía provoca muerte y desplazamiento, es una energía injusta. La Iglesia, por tanto, se une al clamor de la ciencia y apoya iniciativas proféticas como el Tratado de Combustibles Fósiles, y llama a los gobiernos de los países a participar de la Primera Conferencia Internacional, que se realiza este mes en Santa Marta, Colombia. Es el paso necesario para transitar del dominio del carbono a la experiencia de la comunión.

3.2. Eslabón: el peligro del neoextractivismo verde

Sin embargo, el actuar de la Iglesia debe ser lúcido para no caer en las trampas del “maquillaje verde”. Aquí insertamos el tercer eslabón de nuestra cadena: la transición energética puede ser tan injusta como el modelo fósil si no cambiamos la lógica del consumo.

Hoy se nos dice que la solución es llenar el mundo de paneles solares, molinos de viento y coches eléctricos. Y es cierto que necesitamos esas tecnologías. Pero la ciencia nos advierte: fabricar esas tecnologías limpias requiere una cantidad masiva de minerales —litio, cobalto, cobre, tierras raras— que se encuentran mayoritariamente en el sur global. Si para salvar el clima de las naciones ricas del Norte tenemos que convertir el Congo, las tierras indígenas de los Andes o las selvas de Filipinas en «zonas de sacrificio», no estamos haciendo ecología integral. Estamos haciendo neocolonización bajo el disfraz de la sostenibilidad.

La transición energética justa exige que el acceso a la energía limpia sea reconocido como un derecho universal, derivado del principio del destino universal de los bienes. Exige que las comunidades locales participen democráticamente en las decisiones y que los beneficios de la transición lleguen primero a quienes hoy sufren pobreza energética. Como dijo Francisco, para que la transición sea justa, debemos estar dispuestos a «aminorar la marcha» (LS 193). Debemos aprender a consumir menos para que todos, y la Tierra misma, podamos vivir con dignidad.

Parte IV: el «actuar» – conversión y misión sinodal

Finalmente, llegamos a la pregunta práctica: ¿Cómo aterrizamos todo esto en la vida cotidiana de nuestras diócesis, parroquias y comunidades? El actuar de la ecología integral no es una lista de tareas externas; es el despliegue de una nueva forma de estar en el mundo.

4.1. Conversión ecológica y sanación interior

Todo cambio externo es frágil si no nace de una transformación interior. San Juan Pablo II ya hablaba de la «conversión ecológica», y el papa Francisco la ha puesto en el centro del seguimiento de Jesús. No se trata solo de clasificar la basura o ahorrar luz (que son gestos necesarios y nobles), sino de una metanoia: un cambio de mente y de corazón.

Eduardo Agosta (2021) nos recuerda que la espiritualidad es el motor que sostiene la acción a largo plazo. Necesitamos una sanación interior que nos libere de la ansiedad consumista y de la voracidad que nos lleva a tratar a las personas y a la naturaleza como objetos. Necesitamos recuperar la capacidad de contemplación, esa que nos permite ver en una hoja, en un bosque o en el rostro de un migrante, un sacramento de la presencia de Dios. Solo un corazón agradecido por el don de la vida puede ser un corazón dispuesto a sacrificarse para protegerla.

4.2. Educación, incidencia y coherencia Institucional

El actuar eclesial tiene tres pilares concretos:

  1. Educación: Debemos responder al llamado del Pacto Educativo Global (2019, Francisco). Necesitamos una formación que no fragmente el saber y supere el divorcio entre economía y ética. Nuestros colegios y seminarios deben enseñar que el clima, la biodiversidad y la dignidad del trabajador forman parte de la misma trama de la justicia.
  2. Incidencia política: La Iglesia no puede ser espectadora en el areópago social. Debemos estar presentes en las cumbres climáticas y en los foros tecnológicos para exigir marcos legales vinculantes. Como propone la PASS (2025), debemos impulsar una gobernanza ética de la técnica, asegurando que la IA refleje justicia, solidaridad y una reverencia absoluta por la vida.
  3. Coherencia: Nuestras instituciones deben ser modelos de lo que predicamos. Esto implica auditar nuestra huella energética, promover comunidades locales de energía renovable y, de manera valiente, liderar procesos de desinversión ética en empresas que lucran con la destrucción de la casa común.

4.3. La liturgia como celebración de la eucaristía cósmica

Finalmente, nuestro actuar se eleva y se convierte en oración. La liturgia es el espacio donde la ecología integral se hace sacramento. Cuando celebramos la Eucaristía, ofrecemos al Padre el pan y el vino, que son «frutos de la tierra y del trabajo del hombre”». Es lo que el jesuita Teilhard de Chardin llamó la «eucaristía cósmica».

En cada altar, el universo entero entra en contacto con el Creador. Celebrar la liturgia con conciencia ecológica significa reconocer que, cuando elevamos los dones, lo hacemos en nombre de todos los ecosistemas, de todas las criaturas y de todos los seres humanos. Consolidar el «Tiempo de la Creación» (del 1 de septiembre al 4 de octubre) en nuestro calendario no es un adorno folclórico; es un acto de justicia y de alabanza que nos recuerda que la Tierra es un sacramento de la presencia amorosa de Dios.

Conclusión: una esperanza activa para la casa común

Para terminar esta reflexión. A lo largo de estos minutos, hemos visto que la ecología integral no es una «opción verde» para los cristianos a quienes les gusta la naturaleza; es una exigencia constitutiva de nuestra fe en el Dios de la Vida.

La ciencia nos marca los límites físicos, nos pone ante el espejo de nuestra propia vulnerabilidad y nos advierte del peligro inminente de los «puntos de no retorno». La pastoral social, iluminada por la fe, nos da el sentido, la pasión y el porqué de que necesitamos cuidar esa vulnerabilidad. Juntas, la ciencia y la pastoral pueden guiar a la humanidad hacia una nueva alianza.

No nos dejemos robar la esperanza. Como dijo el papa Francisco, «sabemos que las cosas pueden cambiar» (LS 13). El lugar donde la pastoral social y la ciencia se encuentran es, precisamente, el «cuidado de la vulnerabilidad». Somos vulnerables porque compartimos el mismo compuesto biológico con las demás criaturas; somos vulnerables porque nuestra economía depende de un clima estable que hemos alterado nosotros mismos; somos vulnerables ante el poder descontrolado de la técnica. Pero en esa vulnerabilidad es donde Dios se revela y nos llama a la fraternidad.

El tiempo de la parsimonia ha pasado. Pasemos de depredadores a custodios. Pasemos de ser dominadores a ser hermanos. Pasemos, en definitiva, del dominio del carbono a la experiencia de la comunión. Que nuestra casa común vuelva a estar, como dice la mística carmelita, por fin «vestida de hermosura» para gloria del Creador y dignidad de todos sus hijos.

Muchísimas gracias.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS 

  • Agosta Scarel, Eduardo Andrés. (2025). “Ecología integral: avances y estancamientos”. Pliego Vida Nueva.
  • Dicasterio para la Doctrina de la Fe. (2024). Declaración Dignitas Infinita sobre la dignidad humana.
  • Francisco. (2015). Laudato Si’ y (2023) Laudate Deum.
  • Galaz, V. and M. Schewenius (eds). (2025). AI for a Planet Under Pressure. Stockholm Resilience Centre.
  • Gupta, J. et al. (2025). “Thresholds of significant harm at global level”. Earth System Governance.
  • Horrell, David G. (2010). The Bible and the Environment. Londres: Equinox.
  • PASS. (2025). “Digital Rerum Novarum: Artificial Intelligence for Peace and Social Justice”. Pontifical Academy of Social Sciences.
  • Richardson, K. et al. (2023). “Earth beyond six of nine planetary boundaries”. Science Advances.