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Semana de la Pastoral Penitenciaria 2024

  • Categoría de la entrada:Pastoral Penitenciaria
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Este Año Jubilar de la Esperanza es para nosotros una oportunidad de cara a alumbrar alternativas, propuestas, acciones y líneas pastorales que nos lleven a llenar el corazón de cada persona privada de libertad

El Papa Francisco ha convocado un Jubileo ordinario para el año 2025 bajo el lema “la esperanza no defrauda”. Cada Año Jubilar, convocado por el Papa, se inicia con la apertura de la “Puerta Santa” en la Basílica de San Pedro y también en aquellas otras basílicas y catedrales, designadas por el Papa en todo el mundo.

El significado de tal apertura simboliza el paso que cada cristiano debe dar del pecado a la gracia. Sería el traspasar el umbral de una situación humana y religiosa actual para dar el paso hacia un estado de vida más perfecto y más identificativo con Cristo y su Evangelio.
En esta ocasión el Papa Francisco ofrece a todo el mundo, especialmente al católico, la oportunidad de que todas las conciencias se impregnen del valor que encierra en sí la palabra “esperanza”, tanto desde su significación ético-social, como desde el prisma del Evangelio de Jesús. El Papa nos invita a trazar “caminos de esperanza” para todos los ámbitos de la vida personal, familiar, social y eclesial; y, especialmente, a abrir “puertas a la esperanza” para quienes se hallan sometidos a la experiencia límite de vivir sin perspectivas de futuro porque se les han cerrado todas las puertas de cara a ser y sentirse como personas realizadas.
Sin duda que hay signos evidentes en nuestro mundo que hacen dudar de que sea factible esta propuesta del Papa para vivir en la esperanza, pero es imprescindible que, desde la conciencia cristiana, estamos llamados a ser signos tangibles de esperanza2 para las personas y las situaciones que amenazan con anular la fuerza transformadora que supone el “vivir en la esperanza”, tanto para las personas como para el ámbito social.
El Papa nos propone “mirar el mundo con esperanza” desde la perspectiva del Evangelio. Para nosotros, los que vivimos el compromiso vocacional de ser “misioneros y evangelizadores” desde la Pastoral Penitenciaria tenemos la tarea de llenar de esperanza ese vacío tan destructor, a todos los niveles, que sufren nuestros hermanos los presos.
Este Año Jubilar de la Esperanza es para nosotros una oportunidad de cara a alumbrar alternativas, propuestas, acciones y líneas pastorales que nos lleven a llenar el corazón de cada persona privada de libertad durante ese “peregrinar” en el tiempo del cumplimiento de su condena, y que suponga trazar caminos de esperanza en la reconstrucción de su vida ética, moral y de fe, así como el de la reafirmación de su vida familiar y social. Se trata de animar y estimular a que cada una de ellas sienta la necesidad de rehacer su vida, sus principios y valores, y que renazca en su interior la necesidad de estar “abrazado a la esperanza” como motor que le impulse a proyectar su vida
hacia la libertad verdadera.
Es muy necesario mantenernos vinculados con la esperanza, pues de ella nos nutrimos, y con ella vivimos por la fuerza de la fe y del amor en Cristo resucitado. También es importante que, desde la Pastoral Penitenciaria, ejerzamos esa influencia positiva con propuestas y sugerencias factibles a la Institución Penitenciaria de cara a que se vayan abriendo para los internos e internas aquellas puertas, que permanecen aún cerradas o semiabiertas, tales como la dotación de Equipos de profesionales para llenar el vacío existencial que supone la eterna inacción en la prisión, con programas educativos, culturales, terapéuticos, formación profesional, atención especial a los enfermos mentales, etc.; así como medidas alternativas que favorezcan sobremanera la disminución de la permanencia en prisión, la concesión de permisos y terceros grados, la integración laboral y social, etc.
El Papa nos insta a favorecer el establecimiento de una “alianza social para la esperanza, quesea inclusiva y no ideológica”. Desde esta Semana de Pastoral Penitenciaria, preparatoria para la Fiesta de Nuestra Madre de la Merced, vamos a ir abriendo caminos de Esperanza que nos lleven a adentrarnos en el corazón de nuestra Iglesia y de la conciencia de los cristianos para conseguir que todos abramos nuestros
corazones y podamos acompañar a nuestros hermanos privados de libertad en su proceso de vivir su presente y de mirar su futuro con esperanza, siempre “abrazados a la esperanza que nunca defrauda” sabiendo que en esa lucha hay muchos pies que les acompañan, muchas manos que les abrazan y muchos corazones que les aman.