En este momento estás viendo ¿Dónde está la buena noticia para los pobres? Una reflexión tras la FfD4

¿Dónde está la buena noticia para los pobres? Una reflexión tras la FfD4

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral
  • Tiempo de lectura:6 minutos de lectura

María del Carmen Molina Cobos

Numerosos países en vías de desarrollo enfrentan severas crisis de deuda externa, frecuentemente adquirida como consecuencia de una arquitectura financiera internacional percibida ya como perversa, injusta y obsoleta. La responsabilidad es compartida: los gobiernos deudores han contraído deudas cíclicas, mientras que los acreedores, movidos por la ambición, han proporcionado financiamiento excesivo. Después de la crisis económica de 2008 todo el mundo entiende lo catastrófico de esta lógica financiera.

La situación en África y en otras regiones del sur global es especialmente insostenible. Desde 2013, la deuda pública ha crecido más rápido que el PIB, y el 57% de la población vive en países que destinan más recursos al pago de la deuda externa que a la salud o a la educación. Además, los efectos del cambio climático son particularmente devastadores en países insulares como Haití, en el Caribe, o Tuvalu, en el Pacífico Sur. Y no solo es el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la escasez de agua o la contaminación elevan las cifras de impacto ambiental. Un impacto provocado por los países más ricos que flagela a los más pobres. Como señaló el papa Francisco, existe una verdadera deuda ecológica, histórica, continua y evaluable que el norte debe saldar con el sur.

Del 30 de junio al 3 de julio, Sevilla ha acogido la 4ª Conferencia Internacional de Financiación al Desarrollo (FfD4). He tenido la oportunidad de estar allí, en un contexto tan apremiante frente a la crisis global actual que las expectativas eran altísimas, y muchos mirabamos hacia Sevilla con una mezcla de angustia y esperanza. A medida que avanzaba la conferencia, las expectativas se desvanecían. El Foro de la Sociedad Civil hizo el esfuerzo de expresar sus habituales demandas de una manera diferente, pero fue en vano; no se les escuchaba, apenas tuvieron espacio en las conversaciones importantes, solo unos minutos escasos. Muchos de los miembros de organizaciones civiles no gubernamentales presentes habían gastado lo que no tenían para llegar hasta allí. Carlos Lozano, representante del Centro Amazónico de Buen Vivir de Perú, explicó con dramática claridad cómo los pueblos indígenas sufren las devastaciones ambientales, cómo se negocia su vida, porque lo que para nosotros son “recursos”, para ellos es vida elemental. Un robo a mano armada – nunca mejor dicho – que ninguno de nosotros permitiría en su propia casa. Tras recibir una ovación de la sala como pocas, bajó de la tribuna y comenzó a vender artesanía, ya sin traje y en camiseta, para costearse el viaje. Tuve la oportunidad de entrevistarlo como líder internacional y de comprarle unos pendientes en un gesto de solidaridad. Eso me impactó profundamente. La última intervención en el Foro Social dejó a la sala sin aliento. Lidy Nacpil, del Asian Peoples’ Movement on Debt and Development, sentenció: “El sistema financiero es un legado de las conquistas coloniales y ya no sirve. Queremos acceder a los espacios oficiales para cambiar las cosas en los gobiernos porque el Compromiso de Sevilla es una vergüenza. Es la peor declaración que se le podía dar a la sociedad civil. António Guterres expresaba la importancia de la sociedad civil, pero es un contraste pues no se nos está considerando en absoluto”.

Entre todas las voces, una me llamó especialmente la atención. Jesica García se levantó en nombre de la Esperanza. Representante de Entreculturas, una ONG de la Iglesia católica dentro de la familia Jesuita, me arrancó una sonrisa y me hizo respirar con cierto alivio al reconocerme en esa tierra prometida. “No es posible transformar nada – decía ella – si no creemos realmente que sea posible transformarlo. Sin Esperanza no hay acción, porque lo que hay es desolación”. Sin duda, la Esperanza es catalizadora del cambio, pero no hay cambio sin propuestas y, sobre todo, no hay cambio sin compromiso, voluntad y disciplina política, liderada por una gobernanza internacional. Estabamos lejos de eso en un encuentro donde China, Rusia y EE. UU. no estuvieron presentes, y donde en el documento final Compromiso de Sevilla no menciona ni una sola vez el concepto de “deuda ecológica”. Sin embargo, nada de eso importó, yo me fui esperanzada.

A la mañana siguiente, escuchando a los presidentes y representantes de los Estados presentes, la botella parecía más que medio llena. Contenta, me dirigí al evento paralelo de la Iglesia católica: «A Jubilee for the Common Good: Revisiting the Global Financial Architecture». En este evento, el secretario general de Caritas Internationalis hizo, a mi juicio, la pregunta del millón: ¿Dónde están las buenas noticias para los pobres? Entendí que hacía alusión al evangelio de Lucas, donde Jesús hace suya la proclama del profeta Isaías (Lc 4:18-19): «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.»

En ese momento, experimenté una pérdida de alegría y me sentí incapaz de responder. Sin embargo, recordé las palabras de mi amiga de Entreculturas, quien proclamaba la Esperanza en una sala llena a rebosar, y la respuesta surgió de manera espontánea, desde el depósito de mi fe, que alguien debió regalarme en alguna catequesis remota: “La buena noticia que Jesús anunciaba a los pobres es la llegada del Reino de Dios, que trae consigo liberación, sanación y justicia”. Este mensaje de transformación está dirigido a aquellos que sufren, están marginados o viven en la pobreza. Es un mensaje universal (tutti, tutti), tanto para los que viven sin sentido ni propósito en el norte como para los que enfrentan desgracias en el sur. Ante este nuevo y antiguo “escándalo de la cruz”, reflexioné sobre si la buena nueva no residiría precisamente en aquellos que, sumidos en el hedonismo, continúan lamentándose mientras los perros lamen las heridas de Lázaro. Me pregunté si esta crisis no representaría, acaso, una oportunidad para que el norte obtenga el jubileo de la Esperanza, asumiendo sus pecados ecosociales y promoviendo la justicia distributiva, restaurativa y retributiva. Consideré si esta crisis no sería una oportunidad única para que el norte salve al sur de sus carencias materiales y el sur al norte de sus miserias existenciales. Este sí que resulto ser para mí, un maravilloso motivo de Esperanza. Algo que comparto ahora.

“O nos unimos o nos hundimos, nadie se salva solo”, afirmaba el Papa Francisco. Nunca comprendido del todo el significado de estas palabras del Santo Padre. Ahora sí.

María del Carmen Molina Cobos

Doctora en Ciencias Biológicas y Catedrática de Fisiología Vegetal en la URJC y actualmente estudiante del Máster en Teología de la Universidad de Murcia. Es miembro del Consejo Asesor del Departamento de Ecología Integral de la Conferencia Episcopal Española