Se cumple el VIII aniversario de la beatificación de Emilia Fernández, «la canastera», primera beata gitana. Un aniversario muy especial, celebrado en el contexto del VI Centenario de la llegada del Pueblo Gitano a España
En el silencio de las tierras de Tíjola, entre las grutas y los caminos polvorientos, resonaba un nombre: Emilia, la gitana canastera. Un nombre que traía consigo la fuerza de generaciones, un legado de cultura, lucha y amor por la vida. Nació en 1914, una época donde el viento de la historia comenzaba a soplar con furia, y aunque su vida fue breve, su huella permaneció grabada en el alma de quienes la conocieron. Fue en 1938 cuando el destino la separó de su gente, llevándola al abismo de una prisión que trató de callar su espíritu, pero jamás logró extinguir la luz que llevaba en su corazón.
¿Prisión? ¿encierro?, prisión y encierro que elevó el corazón de Emilia al encuentro con Jesucristo. Cómo Cristo abrazó su cruz, así Emilia abrazó su encierro.
Fue un tiempo de desierto cruel, sin piedad, donde la humanidad parecía haber desaparecido por completo. Un desierto de soledad, donde una gitana es arrancada de su familia, de su tierra, como un brote frágil que la tormenta arranca sin compasión. Un desierto de rejas y sombras, donde el abandono y el maltrato eran las únicas realidades. Rejas que se endurecieron con la frialdad del desprecio, impuestas por aquellos que nunca comprendieron la grandeza de su espíritu.

¿Acaso Emilia poseía algún cargo político? ¿Se rebeló contra los poderosos, desafiando la autoridad? ¿Por qué fue tratada como una terrorista, condenada a una muerte segura en la oscuridad de su celda? ¿Por qué el deseo de paz fue su condena?
Sabemos su historia: su nacimiento, su bautizo, su familia, su amor. Pero al leer su biografía, especialmente el doloroso momento de su captura, hay algo que va más allá de lo evidente, algo que no deja de tocar el corazón. Cada vez que nos adentramos en su vida, descubrimos un nivel más profundo de amor y sacrificio, una fuerza que solo el amor de Jesucristo puede inspirar.
Imaginar ese momento, ponernos en sus zapatos, es desgarrador. ¿Cómo pudo resistir tanta crueldad y desprecio? Solo aquellos que han tocado el corazón de Cristo, que han sentido su presencia en medio del sufrimiento, pueden entender cómo Emilia soportó ese dolor. En su alma, la fe en Jesucristo fue el refugio, el amor a su madre y al rosario, sería para ella la luz que nunca se apaga. Sabemos que, como pueblo gitano, tenemos un código de honor que nunca traiciona, una lealtad que jamás delata. Tal vez esa pureza fue la razón de su condena, una devoción tan profunda que no podía ser quebrada. Pero había algo más, algo mucho más grande, algo que solo los santos pueden comprender: el amor incondicional a Dios.
Solo aquellos que han abrazado a Jesucristo en su corazón pueden comprender el sacrificio de Emilia. Ella no solo soportó el dolor físico, sino que ofreció cada uno de sus sufrimientos como una oración viva. Son esos santos, los humildes, sencillos y pequeños, los que tienen la fuerza de mantener la fe, de sostener la esperanza incluso cuando todo parece perdido. Emilia, con la mirada fija en el rostro de Cristo y agarrando con fuerza la mano de María, eligió seguir su camino. Su dolor no la hundió, sino que la transformó, la hizo más cercana al sufrimiento redentor de Cristo. Como Él en el huerto de Getsemaní, ella aceptó su cruz, sin ser del todo consciente que su sacrificio era el último acto de amor que podía ofrecer, y que al igual que Cristo, no lo haría para sí misma, sino por amor a los demás.
Con su vida, Emilia nos enseñó lo que significa entregarse por completo al amor de Dios. Como la Majarí Calí, ella dijo «sí» a Jesucristo, negando toda maldad, toda venganza, fiándose completamente a la voluntad divina, como aquellas mujeres le habían enseñado en prisión. No temió la oscuridad, pues sabía que en Cristo encontraría la luz eterna.
Podemos imaginar el corazón herido y humillado de Emilia dirigiéndose a Dios en las últimas noches de su vida…
«Me entrego a ti, mi Dios, mi Padre,
con las pocas palabras que puedo pronunciar en estos momentos.
Que tu voluntad, Señor, se cumpla en mí,
como se cumplió en Tu Hijo, Jesucristo,
quien en Su sacrificio redentor nos mostró el camino.
«Madre, bendice a mi pequeña,
A mis compañeras que me hablaron de ti…
Sólo me queda en esta oscuridad este rosario,
pero esto será mi testigo del amor que siento por tu Hijo.
Amén.
Emilia no murió en vano. Su muerte, fue una prueba viva y sencilla de la fuerza de la fe cristiana, un recordatorio de que, incluso en el sufrimiento más profundo, Dios está con nosotros. Su historia, marcada por la crueldad y el abandono, se transformó en una ofrenda de amor hacia Jesucristo. Como Él en la cruz, Emilia ofreció su vida como un sacrificio por los demás, confiando en la misericordia divina y salvando a sus compañeras.
Al final, no importa cuán oscura sea la noche, porque la luz de Cristo siempre ilumina el camino. Y así, Emilia se convirtió en una luz para todas las personas que la conocemos, un faro de esperanza para todos los que creen que el amor de Jesucristo es más grande que cualquier sufrimiento.
Departamento de Pastoral con los Gitanos
Te puedes descargar el cartel de Emilia realizado por José Emiliano Rodríguez Amador, director de la Pastoral con los Gitanos, realizado para esta ocasión
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