Una vez más llega el 4 de octubre, festividad del poverello de Asís, patrono de la ecología, y modelo de cómo ser humanos en íntima relación con todas las criaturas que habitan esta casa común, la Tierra. Y con esta festividad, concluye el Tiempo de la Creación.
Este año, el Tiempo de la Creación ha sido un intenso tiempo para la reflexión, la celebración, la oración y la conexión profunda (desde dentro) con el ambiente natural, con la hermana, nuestra madre Tierra, y hacernos conscientes de sus heridas y las de sus hijos que la habitan.
Heridas que no nos son ajenas, pues estamos allí, en el centro del problema, deforestando, contaminando, depredando… , pero también en el centro de la búsqueda de soluciones sanadoras. Soluciones que no pueden quedarse en lo meramente técnico, pues el problema es hondamente humano, espiritual, de sentido y misión: ¿Qué mundo queremos dejar a nuestros hijos y nietos? ¿Cuál es mi lugar en él? ¿Qué sentido tiene mi vida terrena, mínúscula y transitoria, en esta trama de la historia que ha de ser también tejida con hermosura por numerosas hebras de la vida?
Estamos en el meollo del lío, porque reconocemos que, como seres humanos, dotados de inteligencia y de amor, somos capaces de entender(nos), transformar(nos) y actuar para alcanzar metas que ennoblecen nuestra naturaleza humana. Somos hijos del polvo interestelar y de las amebas – dice la ciencia – pero también hijos e hijas del Dios de la vida, que nos llama a continuar su obra creadora, en atención amorosa de todas las criaturas. Reconocemos, pues, que es digno del ser humano cuidar de la creación.
Numerosas Iglesias diocesanas de nuestro territorio se han sumado en este Tiempo de la Creación a ayudarnos a contemplar el misterio de la creación, a reconectar con el Creador a través de lo creado. No hay experiencia religiosa más sentida que hacernos conscientes de que habitamos la catedral de la creación que nos habla de la ternura y el amor de Dios en cada expresión de vida, de belleza, de armonía, de paz.
Así, hemos contribuido con momentos concretos de oración, de lectio divina, inmersa y de la mano del libro de la creación; con seminarios de reflexión y profundización en la ecología integral, con marchas y caravanas; con el apoyo a la iniciativa global del Tratado de combustibles fósiles para el cuidado del clima y de la biodiversidad – bienes comunes – y numerosas acciones visibles de preservación, de forestación, de recogida de residuos, y de rehabilitación de espacios naturales, por mencionar algunos; todo ello con la intención de ser signos visibles de nuestras profundas convicciones de fe, de que Dios cuida de todos sus criaturas, de que el ser humano es imagen de Dios, de que esperamos cielos nuevos y tierra nueva, de que, la mayoría de la veces, menos es más, de que en la bondad de la creación está el amor de Dios manifestándose.
Signos, por tanto, que nos recuerdan que ahora comienza el tiempo de la acción, del obrar, del actuar. El tiempo de hacer realidad estas profundas convicciones, a través de nuestra propia conversión personal y comunitaria, para que en la cotidianidad de nuestras opciones de consumo, en los derroteros ordinarios del trabajo, la familia, el cole, los estudios, la recreación, etc., podamos ser constructores de signos creíbles del Reinado de Dios, definitivo, que está por venir.
Por Eduardo Agosta Scarel, O. Carm.

