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Magnifica Humanitas: las migraciones, una cuestión de justicia y fraternidad

  • Categoría de la entrada:Migraciones
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En el marco del encuentro que la Comisión Episcopal para la Pastoral Social y Promoción Humana de la Conferencia Episcopal Española celebró el lunes 7 de septiembre, cada departamento realizó una reflexión sobre la vinculación de la última encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas, con sus respectivas realidades pastorales. En este artículo resumimos las referencias de la encíclica con el área de Migraciones.

La encíclica del papa León XIV sitúa a las personas migrantes, refugiadas y desplazadas en el centro de la reflexión sobre la justicia social y ofrece claves para una pastoral basada en la acogida, la integración, la defensa de derechos y la fraternidad.

Los migrantes, piedras angulares de una sociedad más humana

Una de las imágenes que ofrece la encíclica resulta especialmente significativa: las personas migrantes, junto con los pobres, los enfermos y los pequeños, no pueden ser consideradas «piedras desechadas», sino que están llamadas a convertirse en piedras angulares para construir una tierra verdaderamente humana, hospitalaria y fraterna (MH 16).

Esta mirada entronca con la constante llamada bíblica a cuidar del extranjero y recuerda la tradición del Antiguo Testamento, que invita al pueblo de Israel a no desentenderse del migrante, porque Dios mismo «ama al emigrante» (Dt 10,18-19).

La cuestión migratoria, por tanto, no se refiere únicamente a quienes llegan. La manera en que una sociedad acoge, trata e integra a las personas migrantes dice mucho del modelo de sociedad que quiere construir. En este sentido, la acogida puede convertirse en un espacio de encuentro y fraternidad o, por el contrario, quedar condicionada por el miedo, la exclusión y el rechazo.

Las migraciones como cuestión de justicia social

Es en el número 81 donde el Papa aborda de manera más directa la realidad migratoria, dentro de su reflexión sobre la justicia social. León XIV afirma que «un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales».

Y añade una afirmación que puede convertirse en un criterio fundamental para la acción pastoral: «El modo en el cual una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o la fraternidad» (MH 81).

Las migraciones aparecen así no solo como una cuestión fronteriza, administrativa o económica, sino como una realidad que pone a prueba la capacidad de una sociedad para reconocer la dignidad y los derechos de quienes llegan.

Desde esta perspectiva, la encíclica señala dos compromisos inseparables: proteger el derecho a migrar con dignidad, mediante vías seguras y legales, condiciones de acogida adecuadas y verdaderos procesos de integración; y promover el derecho a no verse obligado a migrar, afrontando las causas económicas, sociales, ambientales y políticas que fuerzan a millones de personas a abandonar sus hogares.

El derecho a la esperanza y el derecho a permanecer

Magnifica Humanitas invita a mantener una mirada integral sobre las migraciones. Acompañar a quienes llegan implica también preguntarse por las razones que les han obligado a partir.

El Papa habla de personas «con dignidad, recursos y sueños», que tienen derecho a ser tratadas con respeto y a encontrar oportunidades para participar activamente en las sociedades que las reciben (MH 81). Al mismo tiempo, recuerda la necesidad de «proteger el derecho a la esperanza de quien está obligado a partir» y de promover «el derecho a permanecer en la propia tierra en paz y seguridad».

Esta perspectiva reclama una pastoral que combine acogida, protección, promoción, integración y denuncia de las causas que generan vulnerabilidad y desplazamiento. La acción de la Iglesia no puede limitarse a atender las consecuencias de las injusticias, sino que está llamada también a contribuir a su transformación.

De una pastoral para migrantes a una pastoral con migrantes

La encíclica invita asimismo a superar una concepción de las personas migrantes como meras destinatarias de ayuda. Si son personas con dignidad, capacidades, recursos y sueños, también pueden convertirse en protagonistas de las comunidades que las acogen.

Esto supone avanzar de una pastoral para migrantes a una pastoral con migrantes, reconociendo su capacidad de participación tanto en la sociedad como en la Iglesia. No se trata únicamente de incorporar a las personas migrantes a estructuras ya existentes, sino de reconocer los dones que aportan y permitir que contribuyan a construir las comunidades del futuro.

La integración se convierte así en un proceso de enriquecimiento recíproco: quien acoge y quien es acogido tienen algo que ofrecer y algo que recibir.

Cuando la brecha digital se convierte en una nueva frontera

La reflexión del Papa sobre la inteligencia artificial introduce también nuevos desafíos para la pastoral migratoria. La encíclica alerta sobre las formas de exclusión que pueden generar las nuevas tecnologías, especialmente cuando determinados grupos tienen dificultades para acceder a ellas o cuando los algoritmos reproducen prejuicios y discriminaciones (MH 80).

En el caso de las personas migrantes, existe el riesgo de que la creciente digitalización de procedimientos administrativos genere nuevas barreras para quienes tienen menos recursos tecnológicos o menor competencia digital. La persona concreta puede quedar además oculta detrás de datos, categorías y sistemas automatizados cuando decisiones relacionadas con el trabajo, los servicios, la seguridad o el control de fronteras se delegan en sistemas tecnológicos (MH 103).

La brecha digital puede convertirse así en una nueva frontera. Ante este escenario, la pastoral migratoria está llamada progresivamente a acompañar a las personas ante procedimientos digitales, favorecer la alfabetización tecnológica, prevenir la desinformación y sensibilizar sobre los riesgos de la discriminación algorítmica.

Frente al miedo, construir fraternidad

La cuestión migratoria tiene también una dimensión cultural y emocional. El miedo puede alimentar prejuicios, rechazo, racismo, discursos de odio y polarización. Frente a estas dinámicas, la Iglesia está llamada a promover una cultura del encuentro capaz de transformar la mirada sobre la persona migrante.

La afirmación de Magnifica Humanitas sobre una justicia guiada por el miedo o por la fraternidad ofrece en este sentido un criterio para la pastoral: construir espacios de encuentro en los que las personas puedan conocerse, reconocerse y descubrirse como miembros de una misma comunidad humana.

La acogida deja entonces de ser únicamente una respuesta ante una necesidad para convertirse en una forma concreta de construir fraternidad.

Constructores de comunión

Entre las claves que ofrece la encíclica aparece una expresión especialmente significativa: «Ser constructores de comunión, no arquitectos de Babel» (MH 16).

Aplicada a las migraciones, esta llamada invita a construir comunidades donde las diferencias no sean motivo de separación, sino una oportunidad para el encuentro. La Iglesia no está llamada simplemente a incorporar a las personas migrantes a sus estructuras, sino también a reconocer que ellas pueden ayudar a construir la Iglesia y la sociedad que necesita el futuro.

Magnifica Humanitas recuerda así que las migraciones no son únicamente un desafío al que responder. Son también una oportunidad para preguntarnos qué sociedad queremos construir y qué lugar queremos ofrecer a cada persona.

Poner al ser humano en el centro significa reconocer su dignidad por encima de su nacionalidad, situación administrativa, condición económica o cualquier otra etiqueta. Y significa apostar por una sociedad en la que las personas migrantes no sean vistas como una amenaza o un problema, sino como personas, miembros de una misma familia humana y portadoras de dones que pueden enriquecer a todos.

La llamada de Magnifica Humanitas es, en definitiva, una invitación a pasar del miedo a la fraternidad, de la exclusión al encuentro y de una pastoral «para» migrantes a una pastoral «con» migrantes. Una tarea que interpela no solo a quienes trabajan directamente en este ámbito, sino a toda la Iglesia y a la sociedad en su conjunto.