Por María del Carmen Molina Cobos, miembro del Departamento de Ecología Integral
En 2025, el arzobispo Ryan Jiménez, presidente de la Conferencia Episcopal del Pacífico, recibió un encargo que condensaba el drama de millones de personas: “Por favor, dígale al Santo Padre que nos estamos hundiendo”. Al concluir su encuentro con León XIV, el Papa quiso responderle con palabras de consuelo y de misión: “Dios está contigo”. Con esa sencilla expresión, reafirmó el compromiso de la Iglesia con quienes, tristemente, construyeron sus casas en “primera línea de cambio climático”, alentando a sus pastores a acompañar, sostener y defender a comunidades que ven cómo el aumento del nivel del mar amenaza sus hogares, sus medios de vida y la continuidad de sus pueblos.
Un año después, durante las reuniones preparatorias de la COP31, la Santa Sede volvió a llamar la atención sobre la situación de los pequeños Estados insulares del Pacífico. En la Asamblea General de las Naciones Unidas, el cardenal Pietro Parolin recordó que el aumento acelerado del nivel del mar constituye una amenaza existencial para países como Tuvalu, Kiribati o las Islas Marshall. En muchos de estos territorios las inundaciones costeras y la salinización de los acuíferos están transformando profundamente la vida cotidiana de las comunidades. Retomando el dramático mensaje dirigido al Papa, Parolin insistió en que la comunidad internacional debe responder con urgencia, solidaridad y justicia, recordando que ha llegado el momento de “pasar de recopilar datos a cuidar”. En este contexto pre-COP31, la Santa Sede continúa reclamando mecanismos eficaces de financiación para pérdidas y daños, una solidaridad climática real y compromisos más ambiciosos en la reducción de emisiones.
Mientras la voz del Pacífico llega al Vaticano y a las Naciones Unidas, esa misma preocupación ha comenzado a resonar con fuerza en Australia en la pre-COP31. Líderes anglicanos, católicos, de la Iglesia Unida, representantes de las Primeras Naciones, comunidades budistas y miembros del Movimiento Laudato Si’ desplegaron pancartas en numerosos lugares de culto para expresar públicamente su apoyo a las Iglesias del Pacífico. El gesto tenía una fuerte carga simbólica: recordar que no es posible elogiar indefinidamente la resiliencia de estas comunidades mientras las aguas invaden sus tierras, los pozos se vuelven salobres y el horizonte de permanencia en sus islas se vuelve cada vez más incierto. Un futuro cada vez más corto y más salado. Desde catedrales, parroquias y centros comunitarios se elevó un mismo mensaje: la espiritualidad no puede permanecer indiferente cuando culturas enteras se enfrentan al riesgo de desaparecer. Así, desde los templos australianos hasta los atolones más vulnerables del Pacífico, una misma súplica se dirige a los responsables políticos que se reunirán este año en Turquía para la COP31, del 9 al 20 de noviembre: actuar ahora, antes de que el océano termine por borrar territorios, lenguas, tradiciones y memorias custodiadas durante generaciones.
Desde el extremo más oriental de España, Punta de s’Esperó en Menorca, hasta el archipiélago mas occidental del Pacífico, las Islas Salomón, existen aproximadamente 16.245 kilómetros de distancia aérea. Quizá esa inmensa separación geográfica, unida a la distancia digital de un problema que apenas ocupa espacio en nuestras conversaciones cotidianas y a la distancia emocional que nos permite percibirlo como algo ajeno, contribuya a explicar nuestra indiferencia. Pero ninguna de esas distancias altera la realidad. Mientras aquí debatimos sobre conspiraciones presupuestarias, «intensidad de rojo» en los mapas meteorológicos o supuestos «consensos científicos», allí el mar continúa entrando en viviendas, escuelas y parroquias, los acuíferos y tierras de labranza se salinizan, los medios de subsistencia se deterioran y comunidades enteras contemplan la posibilidad real de perder los lugares donde han construido su historia. Este sufrimiento puede interpretarse como un eco contemporáneo de las palabras del salmista: «Desde lo profundo a ti clamo, Señor» (Sal 130,1). Es el grito que emerge cuando la fragilidad humana se encuentra con la amenaza de perder aquello que daba estabilidad, pertenencia y sentido. El cambio climático deja de ser entonces una cuestión abstracta para revelarse como una herida humana y espiritual que atraviesa cuerpos, memorias, vínculos y territorios.
La Iglesia católica expresa, desde hace tiempo, esta realidad con una claridad cada vez mayor. La fe no se vive en abstracto, sino en lugares concretos, en comunidades que descubren la presencia de Dios en la tierra que habitan, en el mar que las sustenta y en las relaciones que tejen su vida cotidiana. Cuando esos lugares desaparecen o se vuelven inhabitables, no solo se produce una pérdida ecológica o económica; también se hiere una forma concreta de vivir y transmitir la fe. Se rompe una relación profundamente encarnada entre comunidad, territorio y experiencia religiosa. Por ello, acompañar a los pueblos del Pacífico no constituye únicamente una cuestión de justicia climática. Es también una cuestión espiritual. Cuidar la creación es, en este sentido, cuidar también los lugares donde la fe se hace visible y donde la esperanza encuentra un hogar. En este horizonte, la teología tampoco puede permanecer inmóvil. Está llamada a dejarse interpelar por el sufrimiento de la creación y por las voces de quienes habitan sus fronteras más vulnerables. Si la creación sufre, la reflexión teológica debe sufrir con ella, si los pueblos ven amenazado su futuro por el avance del mar, la Iglesia está llamada a responder con una solidaridad concreta y transformadora. Porque si las islas se hunden, la teología no puede limitarse a observar desde la orilla: debe aprender a nadar y a lanzar salvavidas.
