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Al pastor con sonrisa de fuego y brillo: ¡Gracias!

  • Categoría de la entrada:Ecología Integral
  • Tiempo de lectura:7 minutos de lectura

Francisco, el pastor que vino del sur fue un regalo inesperado para nuestra Iglesia y para el mundo. Con la ternura de un pastor que conoce a sus ovejas y la lucidez de un profeta que ve más allá de la inmediatez, Francisco ha tejido con su vida un entramado en la historia de la Iglesia y de toda la humanidad que es profundo e inmenso, embelleciéndola con sus gestos y su palabra. Lo recordaremos siempre, con justicia del corazón y afecto sincero, como el «Papa que vino del sur, de un barrio sencillo, con una sonrisa de fuego y brillo», el Papa del cuidado delicado y comprometido por cada criatura que puebla esta Tierra, y de una compasión entrañable por los más vulnerables, aquellos cuyo sufrimiento a menudo pasa desapercibido.

Francisco será recordado siempre con cariño y gratitud como el Papa del cuidado amoroso de la creación: de nuestra hermana madre Tierra y de todos los pobres que claman justicia y un futuro digno

En el corazón de su magisterio palpita una verdad que nos abraza a todos: la ecología integral es clave, no como una estrategia más, sino como algo vital, intrínseco a la acción evangelizadora y a la pastoral de cuidado que tanto necesitamos en este siglo XXI. Él entendió, con una sabiduría que viene de lo alto y de la cercanía a la tierra, que esta ecología integral es como una urdimbre sagrada que entrelaza la trama socioambiental en la que se tejen la justicia, la promoción del bien común y la dignidad humana, especialmente la de aquellos que han sido olvidados a la vera del camino. En esta conciencia de la relevancia de la ecología, la V Conferencia del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) del 2007 en Aparecida marcó significativamente su corazón de pastor. Fue allí donde tomó plena conciencia de la gravedad oculta de una crisis que ya estaba en ciernes. La impresionante diversidad biológica de nuestra Tierra, tan elocuente en la Amazonía, su atmósfera que nos cobija, el misterio profundo de sus océanos, la vida que fluye en sus ríos y lagos, la majestuosidad de sus altas montañas y la inmensidad de sus amplias llanuras… todo, en su conjunto, nos habla de la hermosura desbordante y la aparente desmesura de la creación, realidades que a veces nos parecen inagotables, olvidando nuestra pequeñez y la posibilidad real de dañarlas.

Sin embargo, los científicos y expertos, junto con los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos de todo el continente que participaron en aquella Conferencia, daban cuenta de otra realidad mucho más dolorosa: un daño desgarrador a los ecosistemas, un deterioro irreversible de la naturaleza, la amenaza creciente del cambio climático y las profundas injusticias cometidas contra los pobres, los indígenas y los campesinos que dependen directamente de la tierra para su sustento. El Documento Conclusivo de Aparecida recogió detalles esclarecedores para orientar la acción evangelizadora de la Iglesia latinoamericana con un sentido ecológico y social que buscara salvaguardar la dignidad intrínseca del ser humano en el contexto inseparable de una ecología integral. Al regresar a Buenos Aires, el entonces cardenal Bergoglio no dejó de interiorizarse y aprender cada día más sobre este tema crucial, a través de coloquios sencillos y personales con expertos cercanos que tenía en su país. En agosto del 2010, tuvimos la alegría de realizar en Buenos Aires el Simposio Latinoamericano y Caribeño «Espiritualidad cristiana de la ecología», donde vimos a Jorge Bergoglio, animado y profundamente participativo, buscando siempre conectar la luz de la fe con la razón en el discernimiento de esta problemática. Fue allí donde se gestaron ideas clave para una ecología verdaderamente integral.

Su opción preferencial por los pobres, esos rostros sufrientes de la humanidad, se fusionó de manera indisoluble con el cuidado amoroso de la creación. ¿Cómo podríamos ignorar que son precisamente ellos, los desposeídos, los marginados de nuestra sociedad, quienes sufren con mayor crueldad los embates de la degradación ambiental? Defender su vida, nos enseñó Francisco con su ejemplo constante, es necesariamente defender el ambiente natural que los sustenta. Él nos recordó con profunda humanidad que la herida que sufre la Tierra es también la herida de los más débiles, y que ambas sangran juntas. Quienes tuvimos la gracia de conocer al cardenal Bergoglio en sus últimos años en Buenos Aires, supimos desde siempre que el deterioro de nuestra Tierra, el descuido de la creación en toda su belleza y el sufrimiento de los pobres eran para él como una espada afilada que atravesaba su corazón de pastor. Por eso, aquella noche inolvidable de Roma, cuando fue anunciado con el nombre de Francisco, el Santo de Asís, supimos desde el primer instante que con él se definía su ministerio papal profundamente orientado hacia el deseo ardiente de una Iglesia pobre y para los pobres, ocupada en restaurar la casa común, nuestra amada Tierra.

Sin duda, fue fundamental su valiente decisión de elaborar la monumental encíclica Laudato Si’, en la que hilvanó con maestría la ciencia con la tradición católica sobre la creación.

No tardaron en comenzar a oírse sus homilías, sus mensajes llenos de sabiduría y sus catequesis iluminadoras en las que la cuestión ecológica, el cuidado amoroso de la creación, la defensa de los pobres y la búsqueda de la justicia se interconectaban de una manera única y esclarecedora. Con valentía evangélica, Francisco denunció sin temor los ídolos de nuestro tiempo: ese paradigma tecnocrático y ese antropocentrismo desviado que explotan sin medida la creación. Pero su corazón de pastor no se detuvo en la denuncia, sino que llamó apremiantemente a la «conversión ecológica», un cambio profundo del corazón y de la mente, posible solo con una auténtica mística, reconectándonos con la esencia de lo humano, enseñándonos la gratitud, la empatía y la sobriedad gozosa.

Su visión pastoral, iluminada por la clave de la ecología integral, ensanchó el horizonte de la acción pastoral de toda la Iglesia, enseñándonos a escuchar el «grito de los pobres y el «grito de la tierra», comprendiendo que en ambos gritos es Dios mismo quien nos habla hoy. La caridad y la denuncia social deben integrar inseparablemente la dimensión ecológica. Sin duda, fue fundamental su valiente decisión de elaborar la monumental encíclica Laudato Si’, en la que hilvanó con maestría la ciencia con la tradición católica sobre la creación. Con ella, su voz resonó con fuerza en la Cumbre del Clima de París, persuadiendo corazones y logrando un reconocimiento global del problema del cambio climático. Francisco continuó incansablemente con sus mensajes, culminando en la exhortación apostólica Laudate Deum, en la que condensó su profunda preocupación y el llamado urgente a la acción.

Este es el legado imborrable de Francisco: un ministerio petrino dedicado a restaurar la casa común, a sanar las heridas de la tierra y de sus habitantes. Un legado que nos llama hoy a amar más profundamente, a cuidar con mayor esmero, a vivir en armonía con nosotros mismos, con nuestros hermanos y hermanas, con toda la maravilla de lo creado y con Dios. Para muchos de nosotros, Francisco será recordado siempre con cariño y gratitud como el Papa del cuidado amoroso de la creación: de nuestra hermana madre Tierra y de todos los pobres que claman justicia y un futuro digno. Por todo ello, ¡Gracias, Francisco!

Eduardo Agosta Scarel O. Carm., Director del Departamento de Ecología Integral